24 de octubre de 2014

Especialistas de irreconocible competencia

 A teacher can only teach what he is - he teaches himself.
---C. J. Brumfit, "The Role of the Methodology Component in the Training of Teachers of English as a Second or Foreign Language", ELT Documents, 76/1, (1976), p. 3.

Dice Jordi Matas Dalmases en un artículo suyo de opinión, publicado en la edición catalana de El País el 16 de junio de este año y titulado "Profesores asociados y... precarios", que:
Hay muchos profesores en formación, es decir, sin una actividad profesional reconocida, que, ante la inexistencia de una política efectiva para iniciar la carrera académica, se acogen a un contrato de asociado como única opción. Son los llamados falsos asociados: un fraude de ley permitido y fomentado por las universidades. Por otro lado, también hay asociados que trabajan fuera de la universidad pero que o bien no son especialistas de reconocida competencia o bien no desarrollan una actividad laboral relacionada con sus asignaturas.
Pero hay seguramente también, aunque él no lo menciona, quienes no saben, no pueden o no quieren cometer ese fraude de ley, que es tanto como decir quienes no saben, no pueden o no quieren aportar una acreditación fraudulenta de "estar en activo, ejerciendo la actividad profesional concreta que en su caso se indique para cada plaza, fuera del ámbito académico universitario, como especialista de reconocida competencia en la materia en la que se vaya a ejercer la docencia", según se requiere, p. ej., en una convocatoria reciente de la Universidad de Murcia (R-622/2014 de 10 de septiembre, p. 33792).

En España, por ir a la situación que yo mejor conozco, apenas habrá, para empezar, uno o dos especialistas "de reconocida competencia" en la enseñanza del árabe como lengua extranjera, si por tal se entiende a personas que han recibido una formación específica en esta materia o sobresalen de algún modo por su dedicación a la misma, pese a que es por número de créditos, sin duda, en la que más ejercen su docencia los profesores de las distintas áreas y departamentos de Estudios Árabes e Islámicos, y con frecuencia la única, como es mi caso y el de mis colegas en la U. de Murcia. Pero siendo ésta una opinión mía que muchos no compartirán y a algunos hasta les ofenderá, supongamos no sólo que hubiera más, sino que además ejercieran, como requiere la convocatoria, "fuera del ámbito académico universitario": tendrían que ser profesores de Escuela Oficial de Idiomas o de algún otro tipo de centro con cierto prestigio (el suficiente, al menos, como para darles nombre) para que su acreditación tuviera algún valor, aunque a este respecto hay que hacer notar que normalmente no es el tribunal de la plaza el que juzga si la actividad alegada es la idónea y si viene o no debidamente acreditada, sino el personal administrativo de la universidad, ignoro, por el momento, con qué criterio o conocimiento de causa. Porque, seamos serios, ninguna otra actividad relacionada con la enseñanza del árabe, por cuenta ajena o propia, y ello contando con que sea verídica y no una triquiñuela para eludir el requisito (de ahí, también, lo de "falsos asociados"), puede ser una prueba de especialización o competencia en la materia. No basta además, conviene tener presente, e imagino que la universidad lo hace, con haber sido profesor de árabe alguna vez, por mucho tiempo o en un centro de reconocido prestigio: hay que serlo en "la fecha de inicio del contrato y durante todo el período de duración del mismo", según la convocatoria que he mencionado. El futuro profesor asociado, dicho de otro modo, ha de estar enseñando árabe fuera de la universidad y seguir haciéndolo mientras que lo enseña en ella, con lo que el requisito es aún más difícil de cumplir de lo que parece, sobre todo en lugares donde la enseñanza pública acapara una demanda de por sí discreta.

Añádanse a todo lo anterior "las retribuciones misérrimas que cobran los asociados", como dice Matas, y dar con alguno que lo sea de verdad parecerá el resultado de una milagrosa conjunción astral. Sin embargo, las plazas de asociado no sólo se cubren, sino que además suelen ser varios los candidatos que reúnen los requisitos y concurren a ellas. Si cotejáramos, es más, distintas relaciones de admitidos y excluidos, resoluciones, etc., podríamos comprobar, estoy convencido, que el mismo candidato que no ha superado o ha obtenido una puntuación muy baja en unas oposiciones a profesor de Escuela Oficial de Idiomas o similar puede convertirse no obstante, en el espacio de unos meses, en profesor asociado en una universidad pública, por más que su función, enseñar el árabe como lengua extranjera, sea la misma.

A la pregunta que cabría hacerse (¿son todos, entonces, unos farsantes?), yo respondería con el artículo de Jordi Matas, pero sobre todo con lo evidente: habrá quien sí, habrá quien no, habrá quien más y habrá quien menos, mas el farsante mayor, sin duda alguna, es la universidad, que es la que tolera y alienta esta situación.

En el caso que nos ocupa, hay que advertir, en primer lugar, que siendo la enseñanza del árabe como lengua extranjera la materia que concentra el mayor número de créditos de cuantas imparten las áreas y departamentos de Estudios Árabes e Islámicos, como objeto de estudio ésta se encuentra paradójicamente ausente, sin embargo, de los planes académicos, si se exceptúa una asignatura optativa de 4 créditos en el máster Culturas árabe y hebrea de la U. de Granada. Dicho de otro modo: la universidad en teoría, es decir, atendiendo a su propia oferta académica, necesita más profesores de árabe que especialistas en otros terrenos del arabismo y sin embargo no los forma, con lo que es a estos últimos a los que contrata para enseñarlo, consagrando así una tradición ya centenaria de paradójico "desinterés por la lingüística y por la lengua árabe", que es causa y consecuencia interminable de esta situación. Confiar en que alguien admita motu proprio que la materia que va a abrirle las puertas de la docencia universitaria no es realmente lo suyo, cuando sabe que nunca ha sido realmente lo de nadie, es encomendarse a una fe que se ha demostrado inútil. Formar y reclutar a un verdadero profesorado universitario de árabe como lengua extranjera, competente tanto en ésta como en su estudio y didáctica, requiere voluntad institucional y, sobre todo, una normativa acorde que ponga coto a la complicidad y la picaresca actuales.

Un buen punto de partida sería convencer a rectores, vicerrectores, etc., de que estas plazas, siendo honestos, tendrían que quedar las más de las veces desiertas por falta de candidatos que sean no ya "especialistas de reconocida competencia", que casi no los hay, sino verdaderos profesores de árabe en activo; y convencerlos también de que, por consiguiente, harían mejor en convocar otras que puedan proveerse con menos hipocresía y mayores garantías de que los seleccionados, aunque no reúnan esas condiciones en tiempo o forma, sí pueden ser, no obstante, los más idóneos para enseñar el árabe a universitarios y convertirse en esos especialistas en la materia que tanto necesitamos y que algunos creen ser ya, casi que in péctore y por ciencia infusa, en la que, además, ordenan a su vez a otros por imposición de manos, si se me permite el sarcasmo, y es que un erial como éste de la didáctica del árabe, que apenas comienza a desbrozarse, ni puede convertirse en el cortijo del primero que lo reclame ni en una almazuela de minifundios, baldíos pero con dueño. Dar clases de árabe por cuenta propia o ajena, una actividad que la mayoría emprendemos sin una formación específica (difícil de adquirir, como ya se ha dicho) ni experiencia, no nos convierte, a ninguno de los que lo hacemos, en especialistas en la materia, pero todos, y en particular los que enseñamos en la universidad, deberíamos aspirar a serlo lo más posible, y a que nuestros centros velen porque esta aspiración prime sobre el oportunismo y el inoportunismo.

Hay algo de ambos, p. ej., en mi humilde opinión, en lanzar una encuesta como la que criticaba recientemente en Facebook, bajo los auspicios de un proyecto de I+D (aunque por el diseño no lo parezca), para llegar a conclusiones como que los participantes son sinceros (!) y la lengua árabe les apasiona "por las respuestas y por el hecho de haberse tomado la molestia de cumplimentar la encuesta y de volver hacia atrás" (?); o a otras a las que ya han llegado trabajos anteriores a partir de muestras similares, como que los alumnos aspiran a "poder comunicarse con nativos", pero que raramente lo consiguen, con lo que hay una "necesidad de mejora en la metodología y materiales empleados", mientras que no se precisa si también la hay de mejorar el profesorado (aunque los participantes lo estiman tan necesario como "la formación en árabe dialectal" —demanda esta que es, entiendo, la que se pretende avalar con la encuesta—; y también, en su defecto, un inconveniente para la enseñanza del dialecto); un profesorado, dicho sea de paso, del que tampoco se indica en qué porcentaje "ha estudiado sólo árabe estándar" como "la mayoría de los encuestados"; al tiempo que un verdadero hallazgo (que la universidad es, con diferencia, el centro de enseñanza pero valorado —quizá porque es donde ha estudiado esa mayoría de encuestados—) se pasa por alto en las conclusiones. Sin descartar que una exploración posterior de los datos arroje algún hallazgo más pese a las deficiencias metodológicas de la iniciativa, yo diría, como en Facebook, que para este viaje no hacían falta alforjas.

Que una mayoría de estudiantes de árabe desea comunicarse en la lengua que está aprendiendo, de viva voz y por escrito, como pretenden los de cualquier otro idioma extranjero, lo sabíamos ya, por sentido común y por encuestas previas de cuya validez no hay por qué dudar, pero que para eso necesitan estudiar el árabe normativo y al menos un dialecto no es algo con lo que ellos tengan o no que estar de acuerdo, o aceptar de mejor o peor grado. Semejante consulta resultaría impensable, intuyo, en el caso de otras lenguas, porque son los responsables de la docencia y los planes de estudio quienes toman esas decisiones, supuestamente en beneficio de los alumnos, pero también, ya lo presumimos, en función de sus propios intereses (cf. Sarah Benesch, "ESL, Ideology, and the Politics of Pragmatism", TESOL Quarterly, 27:4, 1993, p. 705-717), como de hecho viene haciendo el arabismo universitario desde su aparición, de espaldas, a veces, a los de sus patrocinadores, aunque no por discrepancias ideológicas o de otro tipo, sino por incapacidad y afán de "nadar y guardar la ropa".

En el caso que nos ocupa se diría que con la opinión de los encuestados, por más que "no todos", según se dice, "son conscientes de la naturaleza diglósica de la lengua", lo cual ya es alarmante, se pretende convencer a dichos responsables, supuestamente receptivos, de la conveniencia de enseñar el árabe dialectal. La cuestión aquí, por supuesto, es qué docentes son éstos que no saben aún, al cabo de décadas, o tal vez no les importa, lo que quieren y necesitan sus estudiantes, y qué esperanza cabe albergar de que una encuesta les abra los ojos. ¿Será que son todos, me pregunto, destinatarios y encuestadores, "especialistas de reconocida competencia"?

28 de septiembre de 2014

Acto de ausencia

Los próximos días 16 y 17 de octubre tendrá lugar en la Universidad de Murcia el I Seminario internacional sobre los retos de la enseñanza del árabe integrado, en referencia al conocido integrated approach del profesor Munther Younes (منذر يونس), quien disertará sobre la teoría y la aplicación de su enfoque integral en la primera y quinta sesión del seminario, pero será obligadamente, supongo, el protagonista de todas.

Se da la coincidencia, además, de que Younes hablará de su tratamiento de la diglosia, según está previsto, en la misma sala donde lo hice yo hace casi diez años, durante mi intervención en la Primera mesa redonda sobre didáctica de la lengua árabe, celebrada también en la U. de Murcia. Corría el mes de diciembre de 2004 y pocas semanas antes había participado en un simposio organizado en su universidad, Cornell, con una conferencia sobre el estudio de árabe en la Edad Media, pero no tuve entonces ocasión de conocerlo. Tres años después e incorporado yo mismo a la docencia del árabe en la primera, le escribí tanteando la posibilidad de implantar su enfoque en ella, para lo cual podía serme de gran ayuda su experiencia. Mi consulta, decía, le había dado la idea de grabar en vídeo algunas clases de distintos niveles, tanto para demostrar la aplicación de su metodología como para formar a los profesores que se iban incorporando a su programa. Más tarde, en septiembre de 2009, el grupo de investigación del que he formado parte desde 2003 y hasta abril de este año, a través de sucesivos proyectos de I+D, organizó un congreso en Madrid que contó con su presencia, pero no con la mía. Éste de 2009 fue el primer o segundo acto de ausencia de una lista no muy larga, pero sí lo bastante gruesa como para suscitar la curiosidad de quienes saben que me intereso, y con fruición, por estos temas. A aquel "primer congreso celebrado en España en el siglo XXI sobre la enseñanza del árabe como lengua extranjera", según reza la cubierta de sus actas (primero también y único, si se me permite la ironía, de la década, pero segundo si se cuenta el de 1959 en el Instituto Egipcio de Estudios Islámicos), le siguió ARABELE 2012, celebrado también en la sede de Casa Árabe en Madrid, y le seguirá ahora este seminario de octubre, al que tampoco voy a asistir, aunque me encuentre, literalmente, en la otra esquina del campus.

En previsión de que mi ausencia vuelva ahora a extrañar, aunque llego ya algo tarde, adelantaré que una definitiva objeción de conciencia, motivo principal también de mi salida del grupo de investigación, ha venido a sumarse al malestar y desánimo de entonces, cuyas causas, aunque intrincadas, bien podrían ser materia de comentario en este blog, ya que ilustran muy bien hasta qué punto es vano e inconsecuente, pero no desinteresado, cierto discurso contemporizador sobre la renovación de la enseñanza del árabe en España. (Como además tengo entendido que hay incluso quien ha renunciado a asistir con tal de no toparse conmigo, confío en no dejar mi sitio vacío.)

Lo que sí dejo aquí, en compensación, son algunas preguntas que me habría gustado formular a Younes, por si algún asistente las considera oportunas (o inoportunas pero sugerentes): para empezar, la resistencia a enseñar u oficializar el árabe dialectal suele asociarse, y con razón, a la consagración de la lengua coránica como norma lingüística única, mientras que en el empeño contrario se ha querido ver el de facilitar la evangelización de los musulmanes, la penetración (neo-)colonial, etc. Las investigaciones de Younes en el ámbito de la crítica textual del Corán y en la línea de Lüling, Luxemberg y David S. Powers, y su aparición, más aún, en un canal como Al Hayat TV, claramente concebido con el primero de aquellos objetivos, podrían invocarse a favor de esta dicotomía y en perjuicio de su enfoque, por más que pertenezcan a ámbitos distintos de su actividad académica. ¿Es consciente el profesor de este riesgo? ¿está cualquier opción en el tratamiento de la diglosia abocada a ser malinterpretada desde una u otra parte? En este sentido, ¿son los prejuicios de los hablantes y profesores nativos el único obstáculo, como parecía dar a entender en Arabele 2009? ¿conoce el caso de Aram Hamparzoumian, exprofesor de árabe de la Escuela Oficial de Idiomas de Málaga y primer y único importador, que yo sepa, de su enfoque integral en España?

Desoladora, dicho sea de paso, fue mi impresión cuando el año pasado, por estas mismas fechas, participé en un webinario organizado por Routledge con motivo de la publicación de Arabiyyat al-Naas (عربية الناس), y pude comprobar que entre los veintitantos asistentes, en apariencia todos árabes, ninguno de los que intervenían parecía conocer el enfoque de su autor, lo que le obligó a dedicar la mayor parte de la sesión a exponer sus principios básicos, para acabar arrastrado a una discusión sobre la propia conveniencia de enseñar un dialecto (!). Pero cuando Younes escuche de la organización del seminario que entre las dificultades más importantes a las que se enfrenta su enfoque en España está la de "una urgente formación del profesorado", y no "de un profesorado" (nuevo, se entiende), ¿imaginará que se cuenta con reciclar, poco menos que por ciencia infusa, al presente, que en gran número está tan ayuno de didáctica como de árabe? ¿se le explicará, me pregunto, quién lo va a hacer y cómo, o descubrirá por sí solo que tan necesitados o comprometidos están los formadores como los formandos? Ya en aquel webinario de hace un año y respondiendo a una pregunta mía al respecto, Younes observó que su enfoque requiere innegablemente de los profesores no nativos "a lot of strength and confidence", por lo que muchos pueden mostrarse reacios a aplicarlo, aunque su experiencia en Cornell era satisfactoria (refiriéndose, supongo, a Jeremy Palmer, profesor allí en 2009-2010).

La falta de solidez y seguridad suficientes es sin duda el motivo de que, inspirados por el integrated approach de Younes, surjan sucedáneos a medio camino, pero también a contramano, como el que preconiza Victoria Aguilar ("Enseñanza conjunta del árabe normativo y el marroquí", en P. Santillán, L.M. Pérez Cañada y F. Moscoso, Árabe marroquí: de la oralidad a la enseñanza, Cuenca, 2013, p. 305-324) y que bajo el epígrafe "Árabe moderno y marroquí en el aula en un enfoque integrado" (sic, p. 314) apuesta en realidad, paradójicamente, por desintegrar la enseñanza en "dos programas diferenciados", dos horarios distintos y "dos profesores diferentes", todo ello partiendo "de la propuesta de que las dos lenguas funcionan como dos sistemas diferentes" (p. 317). La integración que persigue la propuesta de Aguilar, a poco que se considere, no es la de ambas variedades de árabe en un mismo programa y con un mismo profesor, como defiende Younes (y defendía ya Bresnier, de algún modo, en 1838), sino más bien la de dos tipos de profesorado, lo que sin ser, quiero pensar, su intención, contribuiría a prolongar la supervivencia del que en la actualidad no quiere, no se atreve o no puede enseñar ningún árabe dialectal, mayoritario, a costa de otro, previsiblemente igual de capacitado, si no más que aquel, para enseñar también la lengua normativa, y tan dispuesto como Younes a hacerlo sin desdobles innecesarios, pero lamentablemente minoritario. "Although a number of teachers use the integrated approach in their instruction", me decía en un mensaje suyo, "only a couple both really understand it and are genuinely interested in it" (comunicación personal, 07.08.2007). Es abundar, de algún modo, en la inconsistencia del tándem profesor-lector a la que ya he aludido en alguna ocasión.

Y por último, que el árabe marroquí no haya normalizado "todavía [...] su escritura", como sostiene la publicidad del seminario (convencida, es de suponer, de que lo hará tarde o temprano, en un ejercicio de lo que he denominado lingüística lampiña), ¿es realmente un impedimento para la enseñanza integral, cuando sabemos que tampoco el árabe levantino en el que se apoya Younes lo ha hecho, y que es el clásico el que domina el espacio de la lectoescritura, no ya en el mundo real sino en sus propios materiales didácticos? Mas aún, si uno u otro adquirieran el rango de lenguas escritas, oficiales, normativas, etc., ¿seguiría teniendo sentido esa integración? ¿no sería éste el fin de la propia diglosia?

19 de septiembre de 2014

En especial ante quienes lo tienen como lengua materna


Señores:

Me ha encargado el Sr. profesor Ibrahim Madkour que les presente a Vds. un resumen de los estudios dedicados a Avicena en España, y no he podido contrariarle, pese a que hay una serie de razones que hacen difícil acceder a su amable petición, que sólo puede deberse al buen concepto que tiene de mi persona; a saber:

1º —Que he venido al congreso sin las obras ni las referencias avicenianas.
2º —Que, como es sabido, no soy un experto en estudios filosóficos, ni avicenianos... ni de otro tipo.
3º —Mi falta de dominio del árabe, en especial ante quienes lo tienen como lengua materna.
---E. García Gómez, "Les études aviceniennes en Espagne par le Professeur García Gómez", Ligue des États Arabes, Millénaire d'Avicenne. Congrès de Bagdad. 20-28 Mars 1952, El Cairo, 1952, p. 81 (‏«أسبانيا ودراسة ابن سينا للأستاذ جارسيا جوميز»، جامعة الدول العربية، الكتاب الذهبي للمهرجان الألفي لذكرى ابن سينا، بغداد من 20 إلى 28 مارس 1952، القاهرة، 1952، ص. ٨١).

En una entrada publicada aquí hace ya cuatro años y dedicada a "Quirós y el tercer árabe", me refería ya a la coincidencia entre la publicación, en el mismo volumen XVII de la revista Al-Andalus (1952), de la réplica de Emilio García Gómez a la célebre reseña de Quirós, aparecida en Arbor en diciembre del mismo año, y la de una noticia que informaba de la participación del primero como delegado español en un congreso sobre Avicena en Bagdad.

"Subrayemos", dice la nota publicada en la sección de noticias del primer fascículo, "como dato curioso —sintomático de los tiempos— que, salvo alguna rarísima excepción, todos los congresistas hablaron en árabe". No en balde, "el sábado 22 de marzo", prosigue la nota, García Gómez "hizo en árabe una breve comunicación sobre Los estudios avicenianos en España", mientras que en la sesión de clausura le "cupo el honor de hablar, también en árabe, en nombre de las delegaciones europeas" (p. 245). Salvo que se halle algún testimonio al respecto, es difícil saber si esa referencia al síntoma (o signo) de los tiempos y tan sospechosa insistencia en la lengua empleada van dirigidos a Quirós, quien reprochaba nada soterradamente a García Gómez y a su escuela en general la invención de "un tercer árabe", distinto del "literal y el vulgar", "ciertas posturas cómodas, reñidas con una adecuada selección y preparación de los candidatos al árabe", la preponderancia en la enseñanza de "métodos anticuados y rutinarios" y hasta la carencia de "una pronunciación aceptable" ("Una reciente traducción de 'El collar de la paloma' de Ibn Hazm, de Córdoba", Arbor, 84, 1952, p. 461). Dice el propio García Gómez que, "apenas enterada" de la publicación de la reseña, "la más alta autoridad" del CSIC decidió paralizar la distribución del número en que aparecía, todo ello mientras él "andaba en largo viaje por el Norte de África", y que ya de vuelta, el 3 de enero de 1953, rogó al presidente del organismo que "dejara sin efecto la medida en cuestión" ("En torno a mi traducción de El collar de la paloma", Al-Andalus, 17, 2, 1952, p. 459), lo que no impidió, sin embargo, que Quirós fuera expulsado de la Escuela de Estudios Árabes y de la Universidad de Madrid (cf. la introducción de M.E. Prado Cueva a El libro del Yihad, Oviedo, 2009, p. 10). Pero resta por averiguar si el fascículo primero de aquel volumen, el que contiene la noticia, se publicó antes o al mismo tiempo que el segundo, el que contiene la réplica, que García Gómez "obliga a reproducir", según Gregorio Morán (El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo, Barcelona, 1998, p. 365), en la propia Arbor (nº 87, marzo del 53), "hecho sin precedentes" en la historia de la revista, continúa el periodista, quien sin embargo hace suyo, inopinadamente, el discurso de la réplica al referirse él mismo a "las pretensiones de arabista" de Quirós (ibídem), que, para ser justos, lo era como el que más: "D. Carlos fue un hombre formado en la escuela de Asín, aunque luego, por las disputas que mantuvo con García Gómez, pudiera haber dado la impresión de haberse formado en el arabismo desde otra posición. Pero él era de la Escuela", según el testimonio de Miguel Cruz Hernández (en J.P. Arias, M.C. Feria y S. Peña, Arabismo y traducción, Madrid, 2003, p. 82), nada sospechoso en este sentido, ya que en otro lugar considera que la "pintoresca salida de tono" y "sedicente crítica" del que había sido su maestro "era el escabel para arremeter contra don Emilio, contra la herencia de los Beni Codera, con la Escuela de Estudios Árabes y con la enseñanza universitaria" (cf. "El profesor García Gómez y la creación del Instituto Hispano-Árabe de Cultura", Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, 28, 1996, p. 22).

Del mismo modo cabría preguntarse ahora, a la luz de la intervención de García Gómez en aquel congreso, si parte de la crítica de Quirós pudo estar, de algún modo, animada por ella. A esa "falta de dominio del árabe, en especial ante quienes lo tienen como lengua materna", a medio camino entre la modestia y la captatio benevolentiae habituales en estas circunstancias, se suman después las propias palabras del delegado español (si es que son realmente suyas) en el discurso de clausura:

Nada más recibir de la invitación de Vds., la acepté, y dejé en Madrid toda tarea y labor para asistir a su conmemoración y volar a su lado. Apenas pisé su amada tierra iraquí, me encontré en mi casa, en familia y entre mi gente. Todo esto era como un sueño delicioso para mí, pero ahora me despierta de él el eco de mi voz y me descubro sorprendido de mi propia osadía: hablando ante ustedes, ante profesores y eminencias, cuando yo soy el último de los discípulos; y hablando en esta querida lengua árabe que no dejo de estudiar y nunca llego a dominar. ¡Mis disculpas!

Les pido disculpas y espero que tengan la bondad de perdonarme, porque la intención es lo que cuenta, y la mía es buena. He venido a Bagdad desde Madrid, como vinieron multitudes innumerables en el pasado, en pos de la ciencia. He venido desde Al-Andalus, la tierra donde el árabe siempre se pronunció "con un deje extranjero", como dijo Ibn Shuhayd en tiempos del califato cordobés.
---"Allocution du Professeur García Gómez, délégué de l'Espagne", p. 392-3 (‏«كلمة مندوب أسبانيا الأستاذ جارسيا جوميز»، ص. ٣٩٢-٣٩٣).

Es complicado, si no imposible, establecer ahora si el eco aquel de su voz, de su deje en árabe, llegó a oídos de Quirós, que en cualquier caso aparece mencionado, junto a Asín Palacios, Cruz Hernández y Darío Cabanelas, en la propia comunicación de García Gómez, en calidad de colaborador de Manuel Alonso en una traducción de El libro de la curación (كتاب الشفاء) de Avicena (p. 82), que ha debido quedar inédita. Este "capellán castrense retirado", como lo denomina el director de Al-Andalus en su réplica (p. 457), mantenía además quizá contactos con especialistas y responsables culturales de la zona, como el sirio Salah al-Din al-Munajjid (صلاح الدين المنجد), que dos años después, en 1954, se deshace en elogios hacia su árabe y su condición de "arabista de un estilo nuevo" (cf. F. Escobar García, "Un arabista asturiano: Don Carlos Quirós", Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, 77, 1972, p. 717-9). No en vano será Quirós, p. ej., con su versión del relato Taha (طه) de Ahmed el Hassan Escuri (أحمد الحسن السكوري), premiado por el Instituto General Franco e incluido en Cuentos marroquíes (Larache, 1941), y no García Gómez con la de Los días (الأيام) de Taha Husayn (طه حسين), trece años después, quien dé el primer paso del arabismo español en la traducción de literatura árabe contemporánea al castellano (cf. حسن الوراكلي، «الأدب المغربي الحديث في اللغة الاسبانية»، عالم الفكر، 17-1، 1986، ص. ١٧٠); por no decir que cuantos males denunciaba en su reseña siguen sin resolver y aquejando a la enseñanza del árabe en la universidad española.

Sea como fuere, todo apunta a que García Gómez, como es habitual en las situaciones más solemnes, y más aún cuando la lengua no es la materna (como es siempre el caso del árabe normativo —paterno a lo sumo— para los propios árabes), no improvisó, por supuesto, sino que leyó al público los textos que se reprodujeron después en las actas del congreso. La cuestión, ahora bien, es: 1) si el público lo entendió y 2) si lo que leyó lo había escrito él mismo o con ayuda, y en este supuesto, con cuánta y de qué tipo.

Los arabistas, por razones que serán ya de sobra conocidas para quienes frecuentan este blog, somos poco dados a reflexionar en público sobre nuestra competencia lingüística, es decir, la del gremio en general, y menos aún sobre la propia y personal. Hacer lo primero, como lleva años haciéndolo Federico Corriente y más tímida u ocasionalmente algún otro, sólo es posible, suele sobreentenderse, si uno está o cree estar a salvo, y el objetivo de la reflexión ha de ser por necesidad retorcido: chinchar, darse pisto, saldar cuentas pendientes, etc. García Gómez no sólo no es una excepción, sino más bien la regla, pero, que yo sepa, hizo en dos ocasiones lo segundo: la primera, admitiendo sin complejos que su "conocimiento del árabe y el conocimiento del árabe que tradicionalmente se enseña en las Universidades de España desde los tiempos de Codera, y gracias al cual ha habido arabismo en nuestra patria, es diferente" del que tenía su objetante, Quirós (p. 519), en lo que parece una reivindicación de aquel tercer árabe, en la línea de otras similares: "no somos arabófonos sino arabistas españoles" (1958), "siempre ha habido arabistas y arabófonos" (1977), etc. Y la segunda, bastante menos equívoca, "en una entrevista al semanario Al Ahad el 8 de enero de 1961", según refiere Ramón Villanueva ("Perfil y andanzas diplomáticas del embajador don Emilio García Gómez", Awraq, 17, 1996, p. 137):
Siento haber aprendido el árabe como se aprende el griego clásico o el latín. Ello quiere decir que lo leo con toda facilidad, pero que en la conversación necesito práctica, ya que entre la lengua literal y la hablada hay muchas diferencias; y, hasta ahora, las mismas lenguas habladas difieren de un país a otro y hasta de una región a otra. Yo aprendí el vulgar egipcio y después de mi regreso a España lo olvidé. También aprendí el vulgar marroquí, pero lo olvidé también... Yo me entiendo con todos en árabe clásico.
Confidencia esta ante la cual uno sólo puede admirarse de la capacidad de este maestro de arabistas para aprender dialectos árabes (el egipcio, es de suponer, en los cuatro meses que pasó como becario en El Cairo) y olvidarlos después; o la de entenderse "con todos en árabe clásico" pese a necesitar "práctica" en la conversación. Creer así, además, como pretende Miguel Cruz Hernández (op. cit., p. 21) o publicaba La Vanguardia (06.09.1949, p. 1), que "nuestro primer arabista [...] había de llenar las funciones de intérprete" entre Franco y Abdullah I de Jordania, durante la visita de éste a España, requiere no menos facilidad para el olvido, sobre todo porque hoy sabemos que fue Alfredo Bustani, de origen libanés, quien realmente ofició como tal (cf. J.P. Arias y M.C. Feria, Los traductores de árabe del Estado español, Barcelona, 2012, p. 241), según se puede apreciar, incluso, en fotografías de la época.

A la pregunta, es más, de si García Gómez hablaba el árabe o era capaz de escribirlo "correctamente y cálamo currente", me respondía hace unos años Corriente, quien lo trató y presenció en acción, que "nadie de la generación anterior a Granja, Fórneas y Cortés había adquirido algo de eso" y que "generaciones posteriores no siempre superaron ese nivel: si aprendían algo, lo olvidaban pronto", como el propio maestro, "porque aquí no se llevaba, ni estaba bien hacer gala de más" (comunicación personal, 07.12.2011). Pero entonces, ¿quién redactó o tradujo las palabras del arabista en Bagdad o la réplica que había publicado un año antes, también en árabe, en una revista egipcia? En ésta (cf. ‏«تعقيب على نقد كتاب رايات المبرزين بقلم اميليو غرسيه غومس»، مجلة كلية الآداب، 1951، ص. ٢١٧-٢٢٣‏‏), donde respondía a las observaciones de Shawqi Dayf (شوقي ضيف) acerca de su edición de El libro de las banderas de los campeones (Madrid, 1942), hace alarde de una prosa que, de ser realmente suya, desmentiría a Corriente, como podría hacerlo, a ojos del profano, la propia "actividad internacional" de García Gómez durante aquellos años (cf. L. Beccaría, "Bibliografía de don Emilio García Gómez", Boletín de la Real Academia de la Historia, 196:2, 1999, p. 226-7), en que llega a ser nombrado miembro correspondiente de la Academia Árabe de Damasco (1948) y de la de Iraq (1954).

En el caso de esta otra réplica, su autor llega a manifestar, en nota al pie en la primera página, su preferencia por la forma en que ha transcrito sus apellidos en árabe (غرسيه غومس, "Gharsiyah Ghumes"), que es, dice, con la que figuran "en los antiguos textos árabes andalusíes" (p. 217), y que coincide en un curioso seseo final con la empleada en sus intervenciones en el congreso de Bagdad , no así en los títulos, donde la transcripción de sus apellidos (جارسيا جوميز) parece obra de un egipcio sin conocimientos de español, sino en el cuerpo (كروس هرننديس, "Crus Hernándes"). Es bajo esa misma forma arcaizante como aparecen sus apellidos, de nuevo, en la traducción de sus Poemas arábigo-andaluces (2ª ed., Buenos Aires, 1942) que Hussein Monés (حسين مؤنس) publica en 1952 (إميليو غرسيه غومس، الشعر العربي: بحث في تطوره وخصائصه), aunque en una nota biográfica final (p. 149-152) se alterna extrañamente, incluso de un párrafo a otro, con la más fonética جارثيا جوميث. Este historiador egipcio, formado en París y en Zúrich, y a la sazón profesor ayudante en la Facultad de Letras de la Universidad Fuad I (جامعة فؤاد الأول, luego de El Cairo), había visitado España en el verano de 1940 y fue posteriormente director del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos de Madrid, primero en 1954, y luego entre 1959 y 1969. Que estaba al tanto de la preferencia de García Gómez, bien por indicación expresa de éste, con el que había coincidido mientras trabajaba en la traducción (ibídem, p. vi), bien por haber leído su réplica, es evidente. Invitado por aquella universidad con motivo de sus bodas de plata, el arabista había recibido un doctorado honoris causa e impartido clases en ella los meses de febrero y abril de 1951 (ibídem, p. 151-2). Según la misma nota, "su completo dominio del árabe" (تمكنه التام من اللغة العربية) le venía de su etapa de becario, aunque no es cierto que pasara "los años 1922 y 1923 en El Cairo, salvo por una breve temporada que estuvo en Beirut y Damasco" (p. 149), sino sólo unos meses, como se ha dicho, entre el 28 de noviembre de 1927 y el 13 de mayo de 1928, abandonando la capital egipcia a comienzos de abril (cf. Emilio García Gómez, Viaje a Egipto, Palestina y Siria. (1927-1928): Cartas a Don Miguel Asín Palacios, Madrid, 2007).

Monés volvería a complacer a su amigo en el prefacio a su traducción de la Historia de la literatura arábigo-española (2ª ed., Madrid, 1945) de Ángel González Palencia (آنخل جنثالث بالنثيا، تاريخ الفكر الأندلسي، القاهرة، 1955، ص. ط), de cuyo prólogo en español es autor el propio García Gómez, quien confiaba, dicho sea de paso, en que el empeño hiciera ver a "los actuales eruditos del Próximo Oriente musulmán cómo [...] al-Andalus y su cultura no son simples apéndices de la general civilización árabe, sino un mundo, no diré del todo aparte, pero sí con peculiaridades muy señaladas y reacciones espirituales y raciales muy singulares en muchos aspectos con frecuencia olvidados" (p. viii).

Sirva este largo excurso sobre la transcripción de los apellidos de García Gómez, tanto en el árabe de su propio puño como en el de las traducciones de Monés, para situarlos a ambos en su contexto, que es el del inicio de relaciones entre la España de los 50, aislada internacionalmente, y un Egipto a caballo entre la monarquía y la república. "Una profunda compenetración entre los elementos diplomáticos y arabistas universitarios", según su mejor representante, era la base para "una acción continua y progresiva de infiltración cultural" [y política] "de España en Oriente", y el régimen de Franco no escatimará esfuerzos para conseguirlo (cf. María Dolores Algora, "Homenaje a don Emilio García Gómez", Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, 28, 1996, p. 7). Cumplida la misión que se le había encomendado en 1947, el que fuera más tarde embajador en Bagdad, Beirut, etc., no volverá a dar a la imprenta, que yo sepa, ningún texto suyo redactado en este idioma.

A la espera de que algún hallazgo, p. ej., en el legado del que también fue director de la Real Academia de la Historia, arroje tal vez alguna clave al respecto, yo me inclino a pensar, como sugieren las críticas de Quirós y el testimonio de Corriente, que "la brillante coda de los Beni Codera" recurrió, sin querer admitirlo, al auxilio fundamental de algún arabófono culto, tal y como supone el mismo Corriente que hizo Asín Palacios para vocalizar los textos de su Crestomatía (Madrid, 1959), sin que haya que ver en ello una "mera maledicencia trasnochada". Yo mismo tengo constancia de cómo en la actualidad colegas de generaciones más jóvenes, incapaces, p. ej., de redactar o leer un mensaje en árabe, se atribuyen, sin embargo, trabajos académicos publicados en este idioma o hazañas similares, con lo que no se trata, por descontado, de remover gratuitamente el pasado o ensuciar la memoria de quienes nos precedieron con gran mérito en muchos aspectos (pero no en todos, como a veces se pretende), sino de ubicar el origen y la trayectoria de actitudes como ésta que han marcado y siguen marcando, he ahí el problema, nuestra actividad.

Cuando García Gómez aduce su "falta de dominio del árabe, en especial ante quienes lo tienen como lengua materna", está de algún modo dando a entender que es el mayor o menor dominio de la audiencia el que determina el propio, cuando es obvio que el grado de competencia de una persona en un idioma extranjero no varía en función de ante quién se exhibe. Lo que varía, por supuesto, es la impresión que causa, y el árabe de arabista, aquel "tercer árabe" del que hablaba Quirós y que no consiste en cuánto se sabe, sino en qué y cómo (lo que lo diferencia sustancialmente de la interlingua de un principiante), no puede dejar a ninguno en muy buen lugar a ojos de un arabohablante que tenga un mínimo de mundo, y no me refiero, por si cupiera duda, al efecto que provoca, inevitablemente, un barbarismo o un fuerte acento extranjero, como el que, según cuenta el célebre Taha Husayn en la 3ª parte de Los días (طه حسين، الأيام، الكتاب الثالث، القاهرة، 1992، ص. ٣٥٩), tenían algunos profesores italianos y alemanes en árabe, engolado, y era motivo de guasa entre los estudiantes egipcios.

Cierto es que hay colegas cuyo único conocimiento del árabe es ese mismo "gracias al cual ha habido arabismo en nuestra patria", pero que no se avergüenzan en absoluto (o no son del todo conscientes) de ello. Otros, sin embargo, acaban desarrollando una fobia al nativo que les lleva a rehuir en la medida de lo posible cualquier contacto (lingüístico, se entiende), en particular cuando hay testigos u otro riesgo de quedar en evidencia. Me viene ahora a la mente la anécdota que el profesor Sabry Hafez (صبري حافظ) contó al término de mi intervención en un congreso celebrado en SOAS hace ya unos años, acerca de cómo, recién llegado al Reino Unido, si mal no recuerdo, tuvo la torpeza de dirigirse a uno de sus profesores en árabe, lo que provocó que éste comenzara a evitarlo por los pasillos; pero ésta no es, desde luego, la única que conozco. A estos colegas la presencia en nuestras aulas, cada vez más frecuente, de estudiantes araboparlantes, sobre todo de origen magrebí, les pone, como quien dice, entre la espada y la pared, porque aparentar que se domina el árabe ante quienes lo tienen como lengua materna puede llegar a ser tan ridículo como lejos se esté de conseguirlo, pero el resultado es muy diferente según se trate o no de un público cautivo, como lo era de seguro el de García Gómez y suele serlo, en general, el de los actos oficiales y académicos. A esto se añade, además, esa ley no escrita de la glotofagia, en virtud de la cual no hay mérito alguno en que un profesor o diplomático árabe hable muy bien español, p. ej., pero sí lo es, y mucho, que uno español chapurree el árabe.

19 de agosto de 2014

Amplia docencia anónima

Muchos estudiantes coincidirán conmigo en que la calidad y el éxito de un curso de árabe o de cualquier otra lengua extranjera reside principalmente en el profesorado. Muchos, de hecho, tendrán experiencia de cómo un mismo curso, organizado por un mismo centro y de idéntico nivel, duración, etc., puede resultar completamente distinto en virtud de quién lo imparta. Sin embargo, son aún muchos los cursos que se publicitan, bien sin referencia alguna al profesorado, bien con vaguedades del tipo "profesorado con amplia formación y experiencia". Raro es encontrar la información que sobre su personal ofrece, sirva como ejemplo, el Centro de lengua de Casa Árabe.

Este anonimato docente puede deberse al hecho de que la mayoría de los profesores de árabe como lengua extranjera carecemos de una formación y acreditación didáctica específica que, dicho sea de paso, sólo ofrece de manera regular un puñado de centros en todo el mundo (véase la lista recopilada por Paula Santillán en 2012). Somos, por así decirlo y amén de la experiencia o el interés que hayamos puesto en formarnos por nuestra cuenta, profesores improvisados, siendo los de Escuela Oficial de Idiomas (EOI) los únicos que, al menos, han de superar una prueba de "aptitud pedagógica" y "dominio de las técnicas necesarias para el ejercicio docente" (Real Decreto 334/2004, de 27 de febrero, art.º 21) que como el resto de la oposición, además, ha de desarrollarse "en el idioma correspondiente" (art.º 20), es decir, íntegramente en árabe, todo ello a diferencia de la universidad, donde, como llevo ya tiempo denunciando, tanto en este blog como a través de una campaña ad hoc, no es necesario demostrar de un modo práctico aptitud alguna, ni lingüística ni pedagógica.

Si la universidad lleva décadas improvisando, no es de extrañar que otras instituciones o centros, en particular si su función o preocupación principal no es la educativa, hagan lo propio, con la diferencia, realmente llamativa, de que el profesorado nativo es claramente minoritario en la primera (también, me atrevería a aventurar, en las EOI) pero mayoritario en estos últimos, con lo que cualquiera podría establecer una rápida, fácil e inquietante correlación, como ya insinué en su día al abordar el grado de exigencia con que las universidades seleccionan a sus lectores, mas no tanto así a sus profesores de lenguas extranjeras, aun cuando lo prudente sería lo contrario.

En estas circunstancias, en ausencia, o ante la gran escasez al menos, de esa formación y acreditación, y dado que la enseñanza del árabe como lengua extranjera fuera de la universidad o de las EOI raramente pasa de ser una dedicación precaria y eventual, resulta impensable que ciertos estándares profesionales mínimos cundan por sí solos. Por esto mismo, pienso, no estaría de más que quienes organizan cursos de árabe pusieran algo de su parte, y es que no hay, que yo sepa, "profesorado con amplia formación y experiencia" que no tenga nombre, apellidos y un currículum de presentación. De lo contrario, habrá que pensar, o la publicidad es un tanto engañosa o, en el mejor de los casos, un tanto torpe.

29 de abril de 2014

Dios provea quien nos entienda

Hace escasos días recibía de una colega una noticia de lo más inesperado: Aram Hamparzoumian le había comentado que dejaba la Escuela Oficial de Idiomas de Málaga, de la que ha sido profesor de árabe durante las últimas décadas, y se retiraba de la docencia. De entrada no supe muy bien cómo interpretarlo: por un lado, pensé que se jubilaba sin más, como anuncia el propio sitio de la EOI; por otro, tenía constancia de que Aram mantenía desde hace tiempo algunas discrepancias con el centro: de hecho, en febrero de 2012 me pidió una carta, destinada al director del mismo, en apoyo del enfoque integral que había comenzado a poner en práctica dos años antes, al término de una licencia de estudios en Marruecos, y que no consiste, como al parecer le reprochaban ("desde la más absoluta ignorancia", me atreví entonces a afirmar), en "enseñar un dialecto", sino en conjugar su aprendizaje y el del árabe normativo en un mismo marco docente. Ignoro si ha sido ésta o alguna relacionada la causa de su ruptura con el centro, pero sí que, de un modo u otro, la disconformidad y las desavenencias han derivado en una situación insostenible para él, hasta el punto de liquidar cuantos recursos, y no eran pocos, mantenía o había publicado en la red, salvo alguno premonitorio, y de cancelar incluso sus cuentas en algunas redes sociales.

Fue en Internet, en el foro del pionero Arabismo.com, donde coincidí con Aram por primera vez, si no me equivoco, en mayo de 2001, y ha sido principalmente por correo electrónico y a través de algunos otros foros, como el también desaparecido de Aldadis, como hemos venido manteniendo un nutrido intercambio profesional, cuyo extravagante origen, digno del célebre óleo de Gustave Corbet, fue un hilo acerca de la expresión marroquí «طبّون ديمّاك» (lit., "el coño de tu madre") que derivó luego en un cruce de mensajes en privado, a propósito, entre otras cosas, de una posible etimología española del núcleo del sintagma, presente ya, por cierto, en el glosario bereber de Georg Hoest (Nachrichten von Marokos und Fes, Copenhague, 1781, p. 137). Yo aproveché entonces para presentarle Algarabia2 (léase "algarabiados"), un sitio con el que pretendía organizar mis ideas acerca de la didáctica del árabe en España, contactar con otros interesados en el tema y aprender, al mismo tiempo, algo de HTML y diseño de páginas web. El nombre entroncaba con el de la primera revista española dedicada al tema, de la que él había sido director, aunque mi intención, al elegir este adjetivo en plural, no era lanzar una segunda Algarabía, sino hacer hincapié en que eran los protagonistas de esta actividad, profesores y alumnos, los que más me interesaban, antes que otros aspectos teóricos o prácticos de la misma. Esa nueva Algarabía, de hecho, aparecería años más tarde en formato electrónico, pero tendría una existencia aún más efímera y menos prolífica que la de su antecesora en papel (1993-1995), en lo que es tal vez un ejemplo de la escasa atención que recibe este ámbito en el arabismo español, aun siendo con toda probabilidad el que más y mejor justifica su financiación pública: una atención escasa y, quizá por esa misma razón, no siempre del todo sincera u honesta.

A Aram lo conocí en persona una tarde tormentosa y en compañía de unos colegas cuya actitud (hacia los marroquíes para empezar: "perros y malos" vociferaba uno del grupo en lo que era, al parecer, sólo una forma de hablar entre arabistas) me causó, escaso como ando de espíritu gregario, la peor de las impresiones. Que los arabistas no están libres de prejuicios, a veces extremos, no es ninguna novedad. Que se manifiesten de manera tan zafia, en cambio, nunca deja de sorprender.

Del escenario de nuestro siguiente encuentro, unos dos meses después, guardo por fortuna mucho mejor recuerdo: fue con motivo de la primera mesa redonda sobre didáctica de la lengua árabe que se celebró en la Universidad de Murcia en diciembre de 2004, y en la que ambos participábamos. De entonces a esta parte hemos coincidido otra vez, si la memoria no me falla, en Málaga, pero sobre todo en el terreno de la enseñanza del árabe como lengua extranjera (EALE) en general y, más en particular, en el diagnóstico y tratamiento de sus males. Yo diría que hemos coincidido, incluso, en la vehemencia con que hemos discrepado a veces, las menos, y que siempre he preferido, desde luego, a la tibieza y lenidad de otros colegas, más comprometidos, suelo pensar, consigo mismos y con su capital simbólico que con la discusión de los problemas. Con Aram no hay medias tintas, y eso en un gremio tradicionalmente bienmandado y autocomplaciente no tarda en cerrarte puertas, aun siendo él mismo la que mejor comunicaba al arabismo universitario con el de las EOI, hoy presente, si mi información es correcta, en al menos 24 de ellas (contando con la de Pamplona, donde no es oficial), y que se se remonta de algún modo a la introducción del árabe vulgar en la Escuela Central de Idiomas de Madrid en 1911 (Gaceta de Madrid, nº 177, 26.06.1911, p. 859). Es a este arabismo, no universitario pero vinculado en gran medida al de la universidad, al que Aram se incorpora a mediados de los 80, momento en que se hace expresa la necesidad de que "en las disciplinas de idiomas modernos" la fase de oposición se desarrolle "íntegramente en el idioma correspondiente" (cf. la Orden de 21 de marzo de 1986, BOE nº 77, 31.03.1986, base 6.9). Durante años Aram insistirá en la conveniencia de introducir ese mismo requisito en los procedimientos de selección del profesorado universitario, tal y como recogería después la Campaña para la acreditación y uso del árabe, y es que rara será la propuesta o iniciativa en pro de arabizar el arabismo de la que Aram no pueda considerarse antecedente o precursor, como sucede con otra campaña, anterior a la mencionada, que lancé a finales de 2002 y cuyo objetivo, como el de muchas entradas de este blog, era denunciar el estancamiento de la EALE en España y abogar por su refundación, digámoslo así, desde dentro. A este respecto conviene advertir que cuanto tienen de bueno las oposiciones a profesor de EOI, por retomar el tema, se debe a la existencia de una normativa común a todos los idiomas, mientras que los temarios, p. ej., en cuanto competen a la especialidad de árabe, delatan esa vinculación, de la que hablaba más arriba, con el arabismo universitario, trasnochado, por lo general, en esta materia. Otro tanto podría decirse de la aplicación del Marco común europeo de referencia para las lenguas, obligada en el caso de las EOI.

Vuelvo ahora sobre estos años de correspondencia electrónica con Aram, que he procurado conservar bien archivada, y veo que no hay probablemente asunto relativo a la EALE que no hayamos tratado, coincidiendo nuestras opiniones, además, muchas veces, aunque por mi parte no es el simple hecho de que Aram me diera la razón lo que voy a echar de menos, sino el de que me entendiera: "Dios provea quien nos entienda, aunque no sea más", dice un refrán («الله يجيب اللي يفهمنا وما يعطينا والو» en una de sus versiones marroquíes) al que hemos recurrido más de una vez. Porque colegas que te den la razón en esto de cómo enseñar el árabe los hay (también, sospecho, los que se limitan a seguirte la corriente), pero que sientas que te comprenden de veras, pocos: los mismos, por lo general, que no ven en cada discrepancia una ofensa.

Yo confío aún en que Aram reconsidere parte de su decisión y distinga entre dejar su puesto en la EOI de Málaga y abandonar el que ocupaba en el terreno de la EALE en España, aunque si los sinsabores del primero apenas alcanzo a intuirlos, porque he preferido redactar esta entrada sin consultarle al respecto, de los del segundo, por el contrario, tengo demasiada constancia como para animarle a seguir dando voces al viento, que es lo que nos hemos descubierto haciendo en más de un momento de lucidez.

Bromeaba Aram hace un mes en Facebook (aunque sus comentarios ya no son visibles) acerca de retirarse a vivir junto a la cascada del río Aggay (وادي أݣاي), en las inmediaciones de la ciudad de Sefrou (صفرو), en Marruecos. Bromeaba, digo, quizá acariciando ya la idea del retiro, pero no se me ocurre, en cualquier caso, qué mejor deseo expresarle en su jubilación que el de que la disfrute mucho: si no allí, entre cerezos, sí al menos cerca del árabe y lejos del mundanal ruido.

20 de abril de 2014

Uso de alcuñas

Publicada en el Bulletin des lois de la République française el 24 de marzo de 1882, la Loi qui constitue l'État civil des Indigènes musulmanes de l'Algérie obligaba a "chaque indigène n'ayant ni ascendant mâle dans la ligne paternelle, ni oncle paternel, ni frère aîné", en virtud de su art.º 3, a "choisir un nom patronymique", un apellido con el que figurar en el incipiente registro civil del lugar. "En cas de refus ou d'abstention", añade el art.º 5, "[...] ou de persistance dans l'adoption du nom précédemment choisi par un ou plusieurs individus" (del mismo municipio pero distinta familia, se entiende), la decisión había de recaer en el funcionario de turno. Al final de este onomacide sémantique, como lo ha descrito Farid Benramdane, "une carte d'identité [...] indiquant le nom et les prénoms qui y seront portés" le sería entregada "sans frais à chaque indigène", conforme explica el artículo siguiente.

En la Argelia occidental, para referirse a ese nom patronymique en árabe se recurrirá a la voz نكوة (nekoua en la transcripción de la época), que hasta entonces tenía únicamente el sentido de 'mote', 'apodo', y que pasará también, por extensión, a designar al propio documento de identidad. En la Argelia oriental el término elegido será نقمة (nekma) que también tenía hasta entonces el único significado de 'sobrenombre' (cf. C. Kehl, "L'état civil des indigènes en Algérie", Bulletin de la Société de géographie et d'archéologie de la province d'Oran, 52, 1931, p. 173-212; 182). "Les mots nekoua et nekma", advierte Kehl, "n'existent pas dans la langue arabe" (la normativa, se entiende), y no va muy descaminado al ver en en la primera "la corruption du mot Kounia (كنية) qui signifie surnom, sobriquet" (ibídem), aunque نكوة, en realidad, es corrupción (metátesis) de كنوة, variante clásica de كنية (étimo de nuestros 'alcurnia' y 'alcuña'; sobrenombre, patronímico, tecnónimo, etc., según el uso) empleada no sólo en Argelia sino también en Marruecos (cf. G.S. Colin, Le dictionnaire Colin d'Arabe Dialectal Marocain, Rabat, 1993-7, VII, p. 1706). En mi caso, de hecho, el testimonio de esta evolución lo he encontrado en Victorien Loubignac, quien recoge ambas formas en sus Textes arabes des Zaër (París, 1952), recopilados entre 1915 y 1916 en la región que ocupaba esta tribu al sur de Rabat (p. 550, cf. 574):
كنّى · كنو .— Faire suivre le nom de qq'un de celui de son père, p. ex. طوطو العياشي .— Toto, fille d'El Ayachi.
كنوة .— Surnom, sobriquet (récent, on disait نكوة).
Y en cuya definición puede apreciarse la prolongación de un uso antiguo, ya que la كنية expresa también, aunque suela obviarse, filiación y otros tipos de parentesco, no sólo paternidad o maternidad, puesto que puede comenzar tanto por أب o أم como por ابن، أخ, etc.: refiriéndose a finales del s. XVI al "usso de alcuñas" entre los mozárabes, Jerónimo Román de la Higuera indica "que es el nombre del padre por sobrenombre del hijo" (Tratado del linaje de Higuera, RAH, mss. 9-5566, f. 13r, apud M. García-Arenal y F. Rodríguez Mediano, The Orient in Spain, Leiden, 2013, p. 209, n. 40, quienes consideran, quizá precipitadamente, que "Higuera actually has the kunya backward"). En el árabe marroquí, كنية pasará a significar 'apellido', mientras que el lenguaje administrativo optará por la expresión normativa اسم عائلي ("nombre familiar"; cf. el art.º 6 del dahír del 08.03.1950), llegándose a la contradicción, al menos aparente, de que según el mismo artículo de un segundo dahír que modifica al anterior, el nº 1.63.240, "el nombre familiar sobre el que recaiga la elección no ha de ser", entre otras cosas, una كنية, "un mote" («وينبغي ألا يكون الاسم العائلي الواقع عليه الاختيار كنية»), sobriquet en la versión francesa. Hojeando el boletín oficial marroquí se puede encontrar, en cambio, al menos un caso en que la palabra se emplea extrañamente como traducción de dénomination (قرار من وزير التهذيب الوطني بتاريخ 29 أكتوبر سنة 1957 بشأن اعطاء الكنية لبعض مؤسسات التعليم الثانوي الأروبي، الجريدة الرسمية، عدد 2365، ص. 432; cf. Bulletin officiel, nº 2353, p. 1510), pero más recientemente aparece como equivalente del francés surnom. En la Argelia francesa nom patronymique se traducirá oficialmente por اسم نسبي ("nombre genealógico"), como aparece en los carnés de identidad de la época, siguiendo este modelo:

E. Cornu, Guide pratique pour la constitution de l'état civil des indigènes, Argel, 1889, p. 98
Pero tras la independencia será el término لقب ("mote" propiamente dicho en la lengua clásica), como en otros países árabes el sinónimo شهرة, el que sustituya de un modo oficial a ese اسم نسبي, pese a tener en el Corán (49:11) una connotación peyorativa, si bien نكوة continuará empleándose popularmente, como sucede hasta hoy en la zona oriental de Marruecos e incluso en bereber rifeño, donde existe el préstamo ناكواث / ⵏⴰⴽⵡⴰⵜ con el sentido de carné de identidad (cf., p. ej., بوزيان موساوي، كتاب تعليم الأمازيغية للمبتدئين، وجدة، 2002، ص. 15). Nada que ver, a propósito, salvo que la similitud le haya jugado una mala pasada, con el neologismo que el autoproclamado Gobierno provisional cabileño emplea en su modelo de carné de identidad (takarda —cf. el árabe كارطة— n tnekkit) en lugar del común tamagit (ⵜⴰⵎⴰⴳⵉⵜ) o del timant de Mouloud Mammeri (Lexique de berbère moderne, Argel, 2008, p. 41, 107), y que parece mal traído del también neológico tinekkit ('egoísmo', de ⵏⴻⴽⴽ, nekk, 'yo'), propuesto por Mohamed Idir Ait Amrane (A sidder d wesgam n tamazight, Argel, 1997, p. 67) a renglón seguido de tinettit ('identidad', de ⵏⴻⵜⵜⴰ, netta, 'él'), siguiendo respectivamente el ejemplo de أنا > أنانية y el de هو > هوية en árabe.

4 de marzo de 2014

El nombre del cereal

ⵉ ⵅⵉⵔⴰ, ⵜⴰⵔⵡⴻⵙⵜ ⵉⵏⵓ
En Marruecos existe la costumbre de indicar como reconstituyente, p. ej., para el tratamiento de las fracturas de huesos, la harina de cierto cereal, identificado con una variedad de mijo o de sorgo y al que se da el nombre de illan (إيلّان —transcrito يلان en Colin y Prémare—) y otros similares (cf. E. Laoust, Mots et choses berbères, París, 1920, p. 268, y Maarten Kossmann, The Arabic Influence on Northern Berber, Leiden, 2013, p. 137), como anili, que en la definición de G.S. Colin son los "graines qui boivent les femmes, en décoction, pour engraisser" (Le dictionnaire Colin d'Arabe Dialectal Marocain, Rabat, 1993-7, I, p. 33, s.v. 'انيلي / ānīlī'). Este anili parece ser el mismo «أنلي» que el célebre Ibn Battuta (ابن بطوطة) menciona varias veces en su periplo. "His use of a Berber word", observa Kossmann, "rather than Arabic, suggests that he did not know it from his own (Arabic) Tangier background, but this may be overinterpretation" (ibídem). Lo cierto es que el viajero, al tratar, p. ej., de los cereales que se cultivan en la India, tan pronto utiliza el término árabe دخن al referirse a uno, especie de panizo («نوع من الدخن», cf. el siriaco ܕܘܚܢܐ) autóctono, como dice de otro que es "parecido al anili" (شبه أنلي). El hecho, además, de que Ibn Battuta no determine la palabra con artículo donde sería de esperar, como sucede hoy en marroquí y otros dialectos magrebíes con algunos préstamos del bereber (cf. أتاي, té), podría significar que أنلي lo era ya igualmente en el de la época y sí formaba parte, por tanto, de ese background del autor: de ahí tal vez que el tangerino no sienta la necesidad de glosarlo y lo distinga del árabe دخن, aunque, en materia de nombres de cereales, no es fácil saber cuál es cuál, p. ej., cuando Ibn al-Faqih al-Hamadhani (ابن الفقيه الهمذاني), autor persa a caballo entre los siglos IX y X, refiere en su Libro de los países (كتاب البلدان) que los habitantes de Ghana llaman ¿sorgo al panizo? («يسمون الذرة الدخن»).
Al'Umari utilise le terme durra qui est l'appellation arabe du sorgho, Sorghum bicolor. Chez les auteurs arabes, le mil, Pennisetum glaucum, peut être désigné par le terme arabe dukhn ou par le terme berbère anili ou illan. Ce dernier mot est d'ailleurs proche du soninké yille, qui désigne toutefois le sorgho, le mil se disant yilli mise, « petit yille ». Ces plantes existaient alors au Maghreb et ont fait l'objet de descriptions. Mais, selon Bellakhdar, les mots dukhn et anili pouvaient aussi s'appliquer au sorgho dans certains textes (1997:438-439 et 442-443). On peut donc se demander si l'utilisation des termes durra, d'un coté, dukhn ou anili, de l'autre, est toujours rigoureuse dans les textes arabes qui concernent l'Afrique subsaharienne.
---Monique Chastanet, "La cuisine de Tombouctou (Mali), entre Afrique subsaharienne et Maghreb", Horizons maghrébins - Le droit à la mémoire, 59, 2008, p. 67-68.

E incluso qué tipo de rigor es de esperar, si a la dificultad de identificar cada especie se añade que un mismo término puede haber adquirido usos diferentes en función de la época y el lugar. El tangerino Ibn Battuta, p. ej., nunca emplea la voz جاورس (cf. el persa گاورس y el griego κέγχρος), y tampoco lo hace el iraní Ibn al-Faqih, pero sí en cambio Al-'Umari (العُمَري), autor damasceno del s. XIV.
Siempre ha existido bastante confusión al tratar de diferenciar mijos y panizos, no sólo por la aplicación confusa de estos términos a las dos principales especies, Panicum miliaceum, el mijo común, y Setaria italica, el panizo, mijo menor o mijo en cola de zorro, sino porque, además, otro amplio conjunto de géneros y especies han recibido estos nombres, entre ellas el mijo perla (Pennisetum glaucum) [...] e, incluso, algunas especies de sorgos (Sorghum spp.), también se incluyen entre los mijos.
---J. Esteban Hernández y Expiración García, "Las gramíneas en al-Andalus", Ciencias de la naturaleza en Al-Andalus. Textos y estudios. VIII, 2008, p. 253.

El origen de esta voz es incierto. Ya en el s. XI, el sevillano Abu l-Jayr (أبو الخير الاشبيلي) mencionaba en su Libro base del médico para el conocimiento de la botánica por todo experto (كتاب عمدة الطبيب في معرفة النبات لكل لبيب, ed. J. Bustamente, F. Corriente y M. Tilmatine, Madrid, 2007, II, p. 43, 309) el bereber أنلي, identificándolo con el árabe ذرة (sorgo, zahína). Este أنلي o أنيلي es además, sin duda, el אנילי cuyo consumo autoriza el rabino Jacob Aben Sur (1673–1752) en sus responsa (משפט וצדקה ביעקב, Alejandría, 1894, I, p. 192). Algunos autores como Laoust (ibídem) la han relacionado con el latín milium, 'mijo', pero el parecido, señala Kossmann, es probablemente accidental: "A place assimilation of m to a following l is very unusual in Berber, and there is no trace of the last syllable of the Latin word [...]. Moreover, milium refers to sorghum rather than to pearl millet". Además, añade el berberólogo, "sorghum and pearl millet are hardly ever referred to by the same term in Berber" (p. 137). Mayor sería el parecido, en cualquier caso, con el griego μελίνη (panizo, mijo, Setaria italica), y el de éste con el etiópico melani (ሜላኒ), que podría ser a su vez el origen de las distintas formas en bereber y en otras lenguas africanas, si hemos de considerar que era de tierras de Sudán, según el mismo Ibn Battuta, de donde se importaba, y siendo esta zona tal vez, junto con Etiopía, su hábitat original.

De etimología popular, por otra parte, puede tildarse la ofrecida en este episodio de la serie marroquí استهلك بلا ما تهلك (Consume sin consumirte podría ser una traducción dinámica del título), dedicado al cereal, donde se afirma que en bereber significaría «كاين» o «كاينين», tomando su nombre respectivamente, es de suponer, por el participio o la 3ª persona en plural del aoristo del verbo ili (ⵉⵍⵉ), 'ser, haber, existir': illan (ⵉⵍⵍⴰⵏ) / llan (ⵍⵍⴰⵏ), e ignorando la metátesis y los sinónimos atestiguados en otros dialectos.

Resta por saber si, como sostiene Kossmann (p. 138), la voz tafsawt (ⵜⴰⴼⵙⴰⵡⵜ) y otras similares, "mijo" según P. Sarrionandia y E. Ibañez (Diccionarios español-rifeño / rifeño-español, Barcelona, 2007, p. I-286, II-280), y tanto "sorgho" como "millet" según A. Renisio (Etude sur les dialectes berbères des Beni Iznassen, du Rif et des Senhaja de Sraïr, París, 1932, p. 298) y M. Serhoual, Dictionnaire tarifit-français, Université Abdelmalek Essaâdi, Tetuán, 2002, p. 116, designa sólo al sorgo, silvestre o cultivado según los dialectos, y no también, indistintamente, al mijo. A este respecto, habría que comprobar si tafsawt y sus cognados conviven o no con formas distintas para denominar a este último, cosa que, hasta donde he podido averiguar, no sucede, p. ej., en rifeño. De las obras mencionadas hasta el momento, ninguna permite establecer que el mijo y el sorgo reciban nombres distintos, y otras como A Tarifit Berber-English Dictionary de Clive W. McClelland III (Lewiston, 2004) o este interesante diccionario electrónico anónimo ni siquiera los mencionan. Sólo la primera parte de «اللسان العربي الأمازيغي الريفي» de Abdelouahed Bouhmidi (عبد الواحد بوحميدي), un diccionario de rifeño publicado en formato PDF, distingue entre tafsut (ثافسوث / ⵜⴰⴼⵙⵓⵜ), que define como «البشنة - نوع من الذرة» (p. 51; cf. E. Destaing, Dictionnaire français-berbère. Dialecte des Beni-Snous, París, 1914, p. 36; R. Dozy, Supplément aux dictionnaires arabes, Leiden, 1881, I, p. 91; Colin, I, p. 93; Hernández y García, p. 262), y afsu (أفسو / ⴰⴼⵙⵓ), que identifica con «الذرة المصرية» ("sorgo egipcio", p. 89; cf. asngar amasri en Kossmann, p. 137). Por su parte, Ahmed Tahiri (أحمد الطاهري), editor del Epítome del Libro de Agricultura de Ibn Luyun (ابن ليون، اختصارات من كتاب الفلاحة، الدار البيضاء، 2001), indica que el hápax السمخى, identificado en la obra con la alcandía (القطنية) y el "sorgo blanco" (الذرة البيضاء, cf. Hernández y García, ibídem), se ha conservado hasta hoy en el Rif bajo la forma femenina «تسمخت» (p. 127, n. 222), pero este nombre, tasemmaxt (ⵜⴰⵙⴻⵎⵎⴰⵅⵜ), parece corresponder más bien al de un arbusto, la perdiguera blanca (Helianthemum apenninum).