30 de enero de 2010

Por qué (creo yo que da igual por qué) me dio por el árabe

Hace poco hablaba aquí de motivación y estudio del árabe en España y se me ocurre que quienes nos interesamos por estas cosas y tenemos experiencia propia de ellas (porque hemos sido cocineros antes que frailes) tenemos una particular forma de donar nuestro cuerpo a la ciencia, que es entregarnos al ejercicio de la introspección. Qué mejor manera de indagar por qué se estudia árabe en España que comenzar por preguntarse a uno mismo, porque en el peor de los casos (que uno resulte poco o nada representativo) al menos puede hacerse una idea de lo que le supone a otros contestar a la misma pregunta. Yo comenzaré por apuntar cuándo y cómo me dio por estudiar árabe, qué relación había tenido hasta entonces con la lengua o sus hablantes, y por qué lo he seguido estudiando.

El árabe comenzó a interesarme vagamente, que yo recuerde, a finales de la EGB, que es cuando me dio, no sé a santo de qué, por ir apuntando las etimologías de los arabismos que aparecían en el Diccionario enciclopédico Salvat Universal, que traía en su primer volumen una tabla con todos los caracteres árabes y hebreos, seguidos de su transliteración de acuerdo con las revistas Al-Andalus y Sefarad. Pero no fue hasta 1º de BUP, es decir, con unos 14 años, cuando me compré una Guía de conversación YALE español-árabe. Mis intentos por aprender (siquiera a leer) con aquella guía, por cierto, me han recordado después a los de Nicolaus Clenardus por hacer otro tanto a partir del salterio políglota de A. Giustiniani (1516); y me han convencido de que en el caso del árabe "el maestro de quien no tiene maestro es el demonio" (من لا شيخ له شيخه الشيطان), como dicen los sufíes. De ahí que, cuando entré en la universidad, fue como si empezara de cero. Interesado como estaba en el idioma y puesto que en el bachillerato había escogido la opción de Letras y el inglés (la única lengua extranjera que había estudiado hasta la fecha) no se me daba mal, no es de extrañar que acabara matriculándome en Filología Árabe, que en mi inocencia sonaba al equivalente exacto, en árabe, de Filología Inglesa. Que lo hiciera al mismo tiempo en los cursos que impartía (e imparte) Kadhim Alshameary (كاظم الشمري) en el Instituto de Idiomas de mi universidad me parece ahora una premonición, pero en su momento debió ser pura coherencia: si uno quiere estudiar un idioma, cuanto más, mejor.

Mi relación con el árabe y sus hablantes hasta entonces había sido entre anecdótica o prácticamente nula. El contacto más inmediato había sido una de esas excursiones de seis horas a Tánger desde Tarifa, en ferry, el verano antes de entrar en la universidad, pero en aquel entonces la decisión de hacer Filología Árabe ya era firme, y la visita no tuvo efecto alguno sobre la misma. Me pregunto si pudo tenerla el hecho de haber veraneado año tras año en la misma Tarifa, y que la proximidad de Tánger (en este caso, geográfica) me fascinara como a Genet. Fuera de esta cercanía veraniega, mi segundo vínculo con Tánger y Marruecos, bastante más remoto, era un estereoscopio y unas cien diapositivas en vidrio de Fez (pero no en sepia como esta serie o una similar que conservan, incompleta, en la Biblioteca General de Tetuán, sino en blanco y negro), que me han acompañado desde la infancia y aún conservo, y que debieron pertenecer a la familia política de una prima lejana de mi madre, que eran austriacos y habían regentado un hotel tangerino, el Villa Valentina, "casa de primer orden" y maison de famille "de très bon ton", en pie desde 1875. Más de una vez, contemplando al trasluz estas "vistas de Marruecos" (el de los primeros años del siglo XX), me ha parecido adivinar en alguna de ellas, como en ésta que aparece abajo, de una ruelle, el foco y origen de mi curiosidad.


A propósito de familias, la actitud de la mía hacía "el vecino del Sur", como la de tantas otras españolas, tenía su origen inmediato en la Guerra Civil y la intervención en ella de tropas marroquíes. Para mi abuelo materno, que había combatido en el bando republicano, eran salvajes y ladrones que no dudaban, p. ej., en amputarle un dedo a un cadáver para hacerse con un anillo o en arrancarle los dientes si eran de oro (también lo recuerdo diciéndome que "escupir es de judíos", pero ésa es otra historia). Mi abuela, sin embargo, hablaba en términos muy distintos del moro "que les habían echado en casa" (es decir, que les habían obligado a alojar, como antes tuvieron que alojar a un grupo de milicianos): era atento y trataba con cariño a mi madre, que apenas tenía tres años al acabar la contienda. La sentaba en su regazo y le daba frutos secos, en lo que resulta una conducta habitual en el trato con los niños: "Muchas mendras, muchas vellanas", decía (de donde infiero, por la eliminación de al-/a-, que se trataba de un rifeño).

Con rifeños, según he sabido tiempo después de terminar mis estudios, también debió tener algún trato mi otro abuelo, el paterno, que entre 1926 y 1928 sirvió como radiotelegrafista de campaña entre Targuist y Alhucemas, pero ignoro qué opinión le merecían. Difícilmente podía imaginar, en cualquier caso, que uno de sus nietos llegaría a emparentar con gente de aquellas tierras...

Éstos serían, en definitiva, los escasos ingredientes biográficos y genealógicos, por decirlo así, de mi vocación ("inclinación a cualquier estado, profesión o carrera" según dice el DRAE). En cuanto a los bibliográficos, no se puede decir que mis lecturas infantiles o adolescentes me hubieran predispuesto en modo alguno al estudio del árabe, y otro tanto podría decirse de posibles ingredientes cinematográficos, musicales, televisivos, etc. Nada en particular, por resumir, hacía presagiar que al nene se le ocurriera estudiar árabe y se empeñara de tal modo en ello. Es más, yo tiendo a pensar que aquella atracción inicial por la lengua (la escrita al menos, que era a la única que yo tenía acceso) actuó como rumbo, pero el viento motriz era una mezcla de expectativas y aspiraciones vitales. No era mi exiguo conocimiento del árabe, su cultura o sus hablantes lo que me movía inicialmente, sino lo que yo confiaba en obtener a través del mismo. "Para tener una vida interesante", he respondido en más de una ocasión a la pregunta de por qué he estudiado árabe, y se me dirá, con razón, que para eso mismo hay muchas otras fórmulas, y que estudiar árabe no es ninguna garantía, lo cual no sólo es cierto sino que además demostraría la escasa relevancia, en sí, de ese primer golpe de timón, en consonancia con lo que Zoltán Dörnyei denomina "el reto del tiempo" (p. 16):
  1. Motivation to do something usually evolves gradually, through a complex mental process that involves initial planning and goal setting, intention formation, task generation, action implementation, action control and outcome evaluation. These different subphases of the motivation process may be associated with different motives. Ignoring 'time' can (and often does) result in a situation when two theories are equally valid and yet contradict — simply because they refer to different phases of the motivation process.
  2. When we talk about sustained, long-term activities, such as the mastering of a L2, motivation does not remain constant during the course of months and years. Rather, it is characterised by regular (re)appraisal and balancing of the various internal and external influences to which the individual is exposed.
En lo que a mí respecta no tengo la menor duda acerca de esa evolución gradual y casi me atrevería a dar un paso más allá en esa dimensión temporal de la motivación que introduce Dörnyei: sin ajustes, sin nuevos motivos u objetivos, no habría motivación que resistiera el largo y desesperante proceso de aprendizaje de una L2 (especialmente de una como el árabe). De nuevo en mi caso, parte de esa realimentación ha provenido desde un primer momento de una evaluación positiva de los resultados, tanto ajena como propia; y el resto, de una "identificación con el grupo de la L2" que continúa siendo igualmente positiva tras lo que yo denominaría el paso de un conocimiento exotérico (exótico, incluso) del mundo árabe a otro esotérico, todo ello muy en la línea de la autoconfianza lingüística (linguistic self-confidence) de Richard Clément y otros. Con todo, dichos ajustes no han supuesto un cambio en la naturaleza de mi motivación, claramente intrínseca desde el punto de vista de la teoría de la autodeterminación de E. Deci y R. Ryan.

Dice Dörnyei, recapitulando, que la motivación es responsable de que decidamos hacer algo, del tiempo que estamos dispuestos a seguir haciéndolo y del esfuerzo que ponemos en ello. Este año se cumplen veinte de que comencé a estudiar árabe en condiciones (aunque no hayan sido las más idóneas) y sin duda muchas de aquellas expectativas iniciales no sólo se han ido cumpliendo, sino que además se han visto superadas con creces por la realidad. "El árabe", podría yo afirmar con toda justicia, "me lo ha dado todo", y sigue dándome toda clase de satisfacciones personales y profesionales, pero además, y lo que tal vez es más decisivo, enseguida dejó de ser una "dirección considerada o trazada en el plano del horizonte" para convertirse en un componente más del viento, que ha servido también para definir nuevos rumbos. "Acquisition of knowledge and competence in a foreign language is not an additive process, but a dialectic one", recuerda la siempre inspirada Claire Kramsch:
As they become more and more proficient in a second language and familiar with a second culture, language learners try to articulate their new experience within their old one, making it relevant to their own lives, one day this way, one day that way, creating their own popular culture. This popular culture will be as conservative or as progressive as each learner wishes it to be.

Learning a foreign language offers the opportunity for personal meanings, pleasures, and power. From the clash between the familiar meanings of the native culture and the unexpected meanings of the target culture, meanings that were taken for granted are suddenly questioned, challenged, problematized. Learners have to construct their personal meanings at the boundaries between the native speaker's meanings and their own everyday life.
---Claire Kramsch, Context and Culture in Language Teaching, 2004, p. 238.

Visto así, puede ser curioso, pero da igual, creo yo, por qué un buen día me dio por estudiar árabe. Lo relevante, a mi modo de ver, es por qué he seguido haciéndolo a lo largo de este tiempo, y sin embargo no es ésa la pregunta que llevo veinte años escuchando. Hay, más allá de la curiosidad, incredulidad. Nuestros compatriotas en general, e incluso algunos colegas, tienen dificultad en creer que uno de los suyos pueda estudiar árabe por gusto, amplitud de miras, vocación o, en definitiva, por cualquier motivo que no responda a un fin preciso, inmediato y, en el fondo, justificado, "porque podría ser", como decía Vázquez Siruela en una carta al marqués de Mondéjar, fechada en 1659 y citada por F. Rodríguez Mediano, "que se escandalizasen algunos de que en una provincia católica un varón que lo es tanto i de tantas obligaciones haga particular estudio" de estas cosas. 
Es posible que en ninguna otra materia más que en la nuestra las gentes realicen una extraña asimilación del especialista a la materia que estudia. A nadie se le ocurre pensar, por ejemplo, que un prehistoriador tenga algo del hombre de Altamira. [...]

Ha habido diplomático extranjero, de paso en España, que, al serle presentado un profesor de Árabe, lo ha creído perteneciente a una minoría musulmana española. Y no se debía agravar con ello nuestra ya triste situación de casi desterrados de las Humanidades clásicas.
---Emilio García Gómez, Silla del Moro y Nuevas escenas andaluzas, 1954, p. 94-5.

"¿Saldrás colocado, no?", me decían durante la carrera. "Sí, sí, colocado...", respondía yo, cómo no, aludiendo al consumo de sustancias.

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