
Traducción a vuela pluma de un párrafo y medio de la novela que me estoy ahora leyendo:
No he hecho nada a derechas en toda mi vida. He echado a perder todas las oportunidades que podían haber cambiado mi destino y me he aferrado obstinadamente, adrede y con una estupidez supina a proyectos vitales que resultaban inexorablemente en fracaso, inutilidad, insensatez, precipitación y locura. He ignorado a propósito sus decepcionantes comienzos y me he quedado contemplando indiferente el desastre, avanzando hacia mí a toda vela. Siempre me he empeñado en empantanarme de mierda hasta las cejas. Seguramente necesito un batallón de eficientes psiquiatras y que me internen en un pabellón del mejor hospital que haya para enfermos mentales, encerrado a cal y canto, sin comunicación ni contacto.
A menudo se apodera de mí la idea de arrojar a quien está a mi alrededor o delante de mí por el balcón de cualquier edificio gigantesco. Evito los lugares agobiantes y el metro, y tengo mucho cuidado si me veo obligado a entrar en ellos. Me recuesto sobre la fría pared de cemento, lejos de los raíles, me contengo para no empujar a alguno de los que están de pie sobre el andén y arrojarlo a los raíles justo al paso del metro, que lo haría trizas... Me deleito viendo la sangre que tiñe los raíles y disfruto recogiendo los pedazos diseminados, como recogen las adolescentes el algodón en tiempo de cosecha. Me acurruco, pegado a la pared, porque a todos los que están esperando les rondan las mismas ideas y pueden adelantárseme y tirarme a mí. Tiemblo y me estremezco de horror, y me veo incapaz de seguir a quien me habla o viene conmigo hasta que los vagones del metro se deslizan ante mí, se abren las puertas y me meto en medio de los pasajeros.
---Mekkawi Said,
El canto del cisne, Dar Al-Adab,
2008 (مكاوي سعيد، تغريدة البجعة، دار الآداب), p. 32.
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