10 de noviembre de 2010

Tamquam tabula rasa

No hay año que no suceda. Durante las primeras semanas de clase no le das mayor importancia, pero al llegar esta época te das cuenta de que esos garabatos tan familiares han llegado para quedarse: hasta enero en el mejor de los casos, hasta mayo o junio en el peor.

Me refiero al fastidio de llegar al aula y comprobar que el colega que acaba de salir ha olvidado, una vez más, como el último día y el anterior a éste, borrar la pizarra, dejando plantadas en ella sus explicaciones, no sé si por dejadez, por descuido o en la creencia de que es obligación de otro devolver el encerado a su verdor caliginoso. Ya dice el proverbio árabe que "el tonto se escuda en la pizarra borrada" (o en "borrarla", según se interprete: «حجة —أو حيلة أو عذر أو علة— البليد مسح السبورة»), y aunque en principio se aplique sólo a los alumnos, me pregunto si no será también mi caso y el de algún listo...

Sea como fuere, lo cierto es que, llegado este tiempo, uno comienza incluso a incorporar dicho fastidio a la clase, como motivo de conversación inicial (en árabe) con los alumnos. "¿Qué idioma es éste?", sueles preguntarles la primera vez, porque siempre me encuentro garabatos en griego, latín, alemán o árabe. "¿Lo estudias? ¿lo hablas?". Y a la siguiente: "¿Sois vosotros los que escribís en la pizarra? ¿no? ¿quién?". Y así hasta que hemos practicado buena parte del vocabulario del aula y consigo que me digan que es otro profesor, el mismo todos los días, el que emborrona la pizarra y se va sin borrarla. Es en ese momento, o en la clase siguiente, de nuevo ante sus garabatos, cuando perpetro mi pequeña venganza, pero entonces ya en román paladino: "Nunca esperéis demasiado de un profesor que no borra la pizarra al terminar", les espeto muy serio, "porque si es tan poco considerado con el compañero que viene después, cómo habrá de serlo con vosotros".

Fotograma de la película La pizarra (تخته سياه) de Samira Makhmalbaf (سميرا مخملباف)
Hay quien me ha replicado alguna vez que no borra la pizarra porque los alumnos, al término de la clase, no han terminado aún de copiar lo que pone en ella. El argumento puede ser válido y honesto, salvo que la escena se repita un día sí y otro no, en cuyo caso supone la confirmación de mi vengativa advertencia: el profesor en cuestión no sólo no tiene la gentileza de borrar el encerado sino que, además, obliga a sus alumnos a permanecer en el aula una vez que la clase ha terminado, perdidos en un laberinto de clarión del que no se sabe muy bien si es Dédalo, Teseo o el Minotauro quien acaba de salir; indicio además, esto último, de que a muchos artesanos, héroes y monstruos no les vendrían mal unas nociones básicas de arquitectura de la información aplicada a la docencia. En mi modesta opinión, por resumir, cuando una parte de la clase no puede seguir el ritmo con el que el profesor anota en la pizarra es que algo falla; y de ningún modo pretendo decir, ojo, que a mí no me suceda, sino que yo borro y, si es necesario, retomo la cuestión en la clase siguiente. Borrar la pizarra es sencillo, pero a la vez una cuestión íntima. Es, salvando las distancias, como tirar de la cadena y usar la escobilla en un retrete público (para quien acostumbra a hacerlo, claro, porque ése sería otro tema).

Como "nunca es tarde si la dicha es buena", si hay algún colega que se sienta aludido (y es fácil: basta con ser de los que nunca o casi nunca cogen el borrador entre horas; a veces ni siquiera para borrar lo que les ha dejado el anterior, dando lugar a lo que yo llamo pizarra-palimpsesto), por favor le pido que haga el esfuerzo de borrar lo propio, que es nimio comparado con la molestia de borrar lo ajeno.

0 comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

No se permiten comentarios anónimos. El autor del blog se reserva el derecho a rechazar cualquier comentario que considere inadecuado, aunque no por ello se hace responsable de las opiniones vertidas por terceros en los admitidos y publicados.

Si lo desea, también puede dejar su comentario en la página del blog en Facebook.