4 de noviembre de 2010

Disneyislam

Ron English, Muslim Mickey
Ayer tarde estuve en la mesa redonda "¿Otros enfoques, a más largo plazo, como respuesta al fenómeno del terrorismo islámico?" que cerraba la reunión 'científica' del grupo de investigación "Yihad, Derecho Internacional y Alianza de Civilizaciones", del que hablé ayer, y que contaba con la participación de Eugenia López-Jacoíste, Bénédicte Real, María José Cervell (coordinadora de la reunión) y Rafael Pedro Martínez. La intervención de este último, inspector del Cuerpo Nacional de Policía en Murcia, no he podido escucharla por motivos de horario, pero tengo entendido que versaba sobre Al-Qaeda (القاعدة) en el Magreb (y no, como yo esperaba, sobre algún tema más local); aunque lo cierto es que, de haber tenido tiempo, tampoco sé si habría podido aguantar ni un minuto más allí, especialmente tras ver y escuchar a la profesora Cervell escenificando, por así decirlo, las mismas ideas vertidas ya en este artículo por su mentor, el catedrático Cesáreo Gutiérrez, también presente en la sala, y otras de diferentes cosechas sin denominación de origen pero habituales en todo discurso yijadológico que se precie (sí, con jota, tal y como lo pronuncian los expertos), y que podrían resumirse en una de las muchas frases lapidarias escuchadas durante la tarde: el musulmán justifica el uso de la fuerza para convertir a los demás a su religión. No en balde una de las preguntas a las que debían responder por escrito los alumnos asistentes para justificar su aprovechamiento venía a ser: ¿admite el Corán el uso de la violencia para extender la religión musulmana? Y a continuación un imperativo "explíquese".

Se escucharon algunas historias enternecedoras, como la anécdota con que comenzó la profesora López-Jacoíste su intervención para ilustrar la dificultad de conciliar el respeto a los derechos humanos (que, al parecer, admiten una cómoda gradación en niveles, de más a menos inalienables) y la lucha contra el terrorismo internacional, que trataba de un pobre oficial israelí destinado a la Franja de Gaza y enfrentado allí al terrible dilema de tirotear o no a un grupo de palestinos que se había aproximado a su patrulla, y en el que se encontraba una embarazada que precisaba atención médica; o la de dos ancianitas berlinesas que tuvieron la mala fortuna de apalabrar la venta de su casa con un par de árabes cuyas cuentas, a la postre, fueron congeladas por tratarse de supuestos terroristas. Pero sobre todo se habló del islam y de los musulmanes, de oídas y con una ligereza verdaderamente pasmosa, digna de esos foros donde parece darse por hecho que no va a haber ninguno escuchando; de ahí, tal vez, que Bénédicte Real, que comenzó su charla sobre derecho humanitario islámico con una referencia a las Torres Gemelas, se sintiera en la necesidad de tirar de manual y explicar(se) qué es el islam (ya se sabe, mucho más que una religión: un "código de conducta" regido por un Derecho, el islámico, que es el único que conocen los musulmanes).

Bastante más llamativo me resultó el énfasis que ponía esta joven promesa de la islamología de ocasión, con el asenso complaciente de parte de la mesa, en el hecho de que el Imperio otomano ("Turquía" según ella) adoptara en 1876 el emblema de la media luna roja, o de que en el Irán previo a la revolución islámica ("Irán" a secas —¿para qué matizar y perder con ello una nota de exotismo?—) se utilizaran el león y el sol rojos (شير وخورشيد سرخ). Sobre todo al no hacer mención alguna del Magen David Adom (מגן דוד אדום), que no fue reconocido por el ICRC hasta 2006; y tampoco del hecho de que Henri Dunant, el promotor de la idea, era suizo, y de la similitud de la bandera de su país (de fuertes connotaciones cristianas) con el emblema original de la Cruz Roja; por no hablar de su trayectoria colonial o su condición de "primer cristiano sionista". Salvo que todo ello, bien es verdad, habría aportado poco al axioma indiscutible de que los países musulmanes, con Turquía (la misma que patrocina junto a España la Alianza de Civilizaciones, insistió más adelante Cervell) e Irán (cuyo anterior presidente formuló la idea del diálogo entre civilizaciones —گفت‌وگوی تمدن‌ها—) a la cabeza, son del todo reacios a integrarse en cualquier tipo de organismo internacional, como lo son en general, qué duda cabe, los inmigrantes musulmanes: "El fenómeno terrorista", dice Gutiérrez Espada en esta entrevista, "es fruto de una interpretación particular del Islam que probablemente no es la mayoritaria, aunque sí cuenta con una base social amplia".

La nota divertida, por último, que también la hubo, la puso la misma Real, que por momentos, y para desconcierto de algunos semblantes, parecía contradecir algún que otro postulado del ideario yijadológico, como que el Corán permita el uso indiscriminado de la violencia, o al repetir caritativamente que "no somos tan distintos", y que no todo es blanco o negro.

3 de noviembre de 2010

Jihadology for dummies

Hace poco más de un año me preguntaba un alumno cuál era mi opinión sobre unas declaraciones a la prensa de Cesáreo Gutiérrez Espada, catedrático de la Universidad de Murcia, en relación con su artículo "¿Alianza de civilizaciones?", publicado en la revista Carthaginensia (vol. 24, nº 46, 2008, p. 379-391) del Instituto Teológico de Murcia, OFM.

La alianza de civilizaciones y el plan de Zapatero, venía a decir Gutiérrez Espada en su artículo, hoy por hoy son imposibles, ya que "son demasiadas las diferencias esenciales, innegociables por decirlo así, religiosas, sociales y culturales, políticas... que tienen", opina el catedrático, "la civilización occidental o, para dejar las cosas más claras desde ya, judeo-cristiana y la musulmana" (p. 386); añadiendo, para redundar en la idea, que "la civilización musulmana está formada por Estados con una concepción teocrática del gobierno, e integrado por élites refractarias o al menos reticentes al progreso científico y tecnológico y desde luego a la separación entre el poder político y el religioso" (p. 387-8), al contrario que Occidente e incluyendo "al moderno Israel", como vuelve a hacer el autor al sostener que "las concepciones básicas" de los países islámicos

generan, como es lógico, limitaciones en el ejercicio del principio democrático y en la plena aplicación de los derechos y libertades fundamentales del ser humano, sea hombre o mujer, adulto o niño, que en Occidente se consideran intolerables, incluyendo también el Estado de Israel en este punto.
Con estos mimbres no es de extrañar que "Yihad (o Guerra Santa), Derecho Internacional y Alianza de Civilizaciones" sea el título del "proyecto científico" que dirige Gutiérrez Espada, financiado por la Fundación Séneca, y que celebra estos días una reunión, igualmente "científica", en torno a la cuestión del "terrorismo internacional, fundamentalmente de origen islámico", y a "la legítima defensa" y "otros enfoques a más largo plazo" como respuesta al mismo (el título de la última sesión, en la que participa incluso un inspector del Cuerpo Nacional de Policía, habla ya directamente de "terrorismo islámico").

Porque si al plan en sí, tanto en su dimensión internacional como nacional, ya cuesta darle crédito y no verlo como otra danza de los siete velos, qué decir de quienes se lo dan, siquiera momentáneamente, para tildarlo al instante de iluso o ilustrar con él su particular bestiario islámico. Se diría que tan ingenuo es tragarse a pie juntillas la presunta islamofilia de la iniciativa, como perverso hacerlo, también presuntamente, para criticarla. Es obvio que un proyecto semejante, entre cuyas "actuaciones destinadas a favorecer el conocimiento mutuo y el aprecio de la diversidad" se contaba sin ir más lejos un "plan de formación de arabistas españoles" (que en el momento de su anuncio despertó las suspicacias del gremio), admite muchas lecturas críticas. Lo interesante es que ninguna de las más sonadas vaya más allá de pontificar que, con los musulmanes, cualquier alianza es imposible, por más que las veamos establecerse a diario, aunque con fines bastante más prosaicos (económicos, estratégicos, etc.) que el "de superar la brecha que se está abriendo entre el mundo occidental y el mundo árabe y musulmán" (como si la brecha no llevara ya siglos abierta).

Vivimos, en definitiva, en un mundo donde abundan las buenas y las medias palabras. A mí las de Gutiérrez Espada, le dije a mi alumno si mal no recuerdo, no me parecían muy novedosas (apenas unas semanas antes había fallecido Samuel P. Huntington) y, por tanto, no les veía el menor interés, aunque sí pueda tenerlo el fenómeno del que creo que forman parte: cómo actuamos todos (unos con más fortuna que otros) de repetidores ideológicos, de modo que ciertas ideas lleguen y se aclimaten a rincones para los que, tal vez, no han sido pensadas.

La observación puede que no fuera muy cortés, pero era sincera.

La yihadología, una 'disciplina' inspirada en la sovietología de la Guerra Fría (como se echa de ver en el ejemplo de los Pipes, padre e hijo), y que algunos ven abocada al fracaso por culpa de un grupo de "left-wing academics who regard Edward Said as their intellectual hero" y otros blandengues, ha desembarcado en la Universidad de Murcia, donde tan faltos de ella (y de izquierdistas fanáticos de Said y otros melindrosos) se ve que andamos.

26 de octubre de 2010

Non tamen ita difficile

Odio traducir. Siempre lo he odiado. Parte de ese odio me viene, creo, de haber estudiado una carrera en la que te obligaban a traducir textos que, por tu nivel, estaban fuera de tu alcance, y un tanto sin ton ni son: lo mismo traducías un texto del siglo XIII que las notas que lo acompañaban a pie de página, del editor, redactadas en pleno siglo XX. No se hacían distingos entre épocas o registros, no había técnicas, recursos ni conocimientos que aplicar: o traducías bien o traducías mal, y era el profesor el que lo decía, no porque demostrara ser mejor traductor, o siquiera porque sus versiones tuvieran mucho más sentido que las nuestras, sino tal vez, como sospechábamos, porque se valía de una traducción previa, que era la que utilizaba para corregirnos, aunque la idea era que a traducir se aprende traduciendo, así sin más.

Traducir, así pues, consistía en rellenar una quiniela cuyos partidos se jugaban entre el equipo del diccionario y el de la gramática, con resultados a menudo imprevisibles, ya que, en definitiva, era la traducción la que hacía los textos legibles en su idioma original y no al revés como cabría esperar, de modo incluso que traducir en este caso equivale más bien a descifrar, puesto que no hay lectura previa: el traductor traduce en primer lugar para sí mismo, para entender el original, y una vez que lo ha entendido (o que cree haberlo hecho), adecenta un poco la traducción para sus lectores. De ahí tal vez que el bueno de Roger Bacon, hablando de grados en el conocimiento de los idiomas y después de tratar la lectura, distinguiera perfectamente en su Opus tertium entre ser capaz de traducir, que es difícil pero no tanto como se cree, y ser capaz de hablar, enseñar, predicar y perorar en una lengua extranjera como en la materna, que es lo más difícil de todo:
[...] Aliud est in linguarum cognitione, scilicet ut homo sit ita peritus quod sciat transferre. Certe hoc est difficilius; non tamen ita difficile sicut homines aestimant. Tertium vero est difficilius utroque, scilicet quod homo loquatur linguam alienam sicut suam; et doceat, et praedicet, et peroret quaecunque, sicut in lingua materna.
Pero es que, aparte de haber padecido ese particular modo de entender la didáctica de la traducción (o la traducción como didáctica), se da la circunstancia, y no necesariamente resultante de lo anterior, de que al traducir caigo constantemente en la cuenta de mis limitaciones: para empezar, en la lengua extranjera, pero también, y lo que es peor, en la propia; porque si ya es frustrante no entender algo en el texto original, más lo es aún entenderlo y no dar con la forma idónea de expresarlo en la lengua de destino, sobre todo cuando sabes a ciencia cierta que la hay, que existe y que encajaría a la perfección en ese contexto. En ese momento te dices a ti mismo: "Árabe no sabré, pero español... tampoco." Y a continuación, la serendipia (sí, de سرنديب): a traducir no se aprenderá traduciendo, pero es que a traducir bien... sencillamente no se aprende. Hace falta una cierta inspiración, probablemente de ésa que ha de pillarte trabajando, como la que se le atribuye a Picasso, pero inspiración al fin y al cabo. Yo lo creo así, y pocos traductores negarán, sospecho, que ante un mismo texto hay días que han estado mucho más inspirados (o atinados, o acertados, o como se quiera decir) que otros. Que esa iluminación pueda explicarse como el resultado de una coincidencia pasajera de circunstancias favorables, es lo de menos mientras siga siendo inopinada e impredecible.

A veces, sin embargo, no hay inspiración posible; o para mí, al menos, no puede haberla. Es el caso de esos (con-)textos a los que uno preferiría no tener que enfrentarse. Una antigua alumna mía, que terminó Traducción e Interpretación hace un par de años, hablaba hace poco en su blog, El arte de traducir, de encargos escabrosos. Yo, ejerciendo como traductor jurado, sólo me he topado, por fortuna, con dos que lo fueran verdaderamente: el primero, un atestado policial sobre los abusos sexuales de que había sido víctima una menor, presuntamente a manos de su padrastro; y el segundo, la nota manuscrita de un suicida; salvo que en esas condiciones, la propia gravedad de las circunstancias te anestesia y te inviste de una responsabilidad adicional, siendo así que pueden resultar lecturas penosas, pero no necesariamente traducciones difíciles.

A mí, en realidad, lo que más me desagrada traducir es la palabrería. Me refiero a esos originales cuyo autor o no sabe muy bien qué es lo que quiere decir, o no sabe decirlo, o sencillamente no tiene nada que decir pero sí mucho espacio que rellenar. ¿Un ejemplo? Ahí va éste:
La biblioteca es una unidad funcional que ofrece servicios al conjunto de la comunidad.
No es, naturalmente, que en árabe no se pueda decir "unidad funcional" (وحدة وظيفية —hasta el traductor de Google se lo sabe—), sino qué significa y de qué sirve decirlo. ¿Puede haber alguien que lea el texto en español o su traducción al árabe sin saber de antemano lo que es una biblioteca? Y en el supuesto de que hubiera quien no lo supiese, ¿conseguiría enterarse a partir de esta definición?

La Administración Pública en general, tengo la impresión, es muy dada a este tipo de palabrería, a no decir nada, o a decir poco, pero con muchas palabras. Bien es verdad que palabras, y cuantas más mejor, es lo que le interesa reunir al traductor que las tiene como unidad de tarificación, pero (y nunca mejor dicho), ¿a qué precio?

23 de octubre de 2010

Cerdos, monos, burros y otros animales

Un arabista o un islamólogo, piensa mucha gente, es alguien al que deben caerle bien los árabes y los musulmanes, puesto que se dedica a estudiarlos (es decir, en la creencia, trasnochada desde hace décadas, de que se les puede estudiar aparte, y de que "es el objeto de estudio y no el método lo que da lugar a una ciencia", como dice J.M. Ridao). Ayer por la tarde le comentaba a Tabti, que ya anda por aquí, que los españoles que estudiamos árabe y lo enseñamos no estamos necesariamente a salvo de muchos de los prejuicios que tiene el resto de la sociedad española, y que es precisamente entre especialistas como nosotros, a los que se nos supone, en efecto, una afinidad, una sensibilidad especial, donde mejor se aprecia (y más choca, sin duda) el arraigo de algunos de esos prejuicios, por más que el refinamiento con que se manifiestan pueda ser extremo.

Lo que no es tan habitual es que un arabista o un islamólogo haga profesión pública de dichos prejuicios, camuflados bajo un supuesto conocimiento científico de la materia, avalado a su vez por la consabida jerga académica. Leo en El País que "el proceso contra el líder islamófobo holandés Wilders tendrá que repetirse por falta de imparcialidad del tribunal" porque "la sala ha impedido la declaración de un arabista, testigo de la defensa" (es decir, de Wilders). El arabista en cuestión no es otro que Hans Jansen, que se presenta en su sitio web (al menos en la versión neerlandesa) como uno de los pocos "Islam watchers" de los Países Bajos que se atreve a contemplarlo sin gafas de color rosa ("zonder roze bril")...

Que un arabista comparezca como testigo ante un tribunal, en calidad de experto, no es nuevo: aquí en España lo hicieron varios, también de parte de la defensa, durante el juicio contra el célebre imán de Fuengirola, celebrado en Barcelona en 2003, pero el caso era muy distinto. También lo hizo, pero no ante un tribunal sino ante una comisión, la de investigación de los atentados del 11 de marzo de 2004, la arabista Gema Martín Muñoz.

Releyendo ahora la traducción al inglés del artículo que le dedicó Michel Hoebink, del servicio árabe de Radio Nederland, a Jansen en 2008, con motivo de la irritación que éste había causado entre sus colegas con la publicación de su Islam voor varkens, apen, ezels en andere beesten (El Islam para cerdos, monos, burros y otras bestias), he reparado en este último párrafo, en el que Hoebink, él mismo arabista de formación, se pregunta:
But if Dutch Islam experts have so many objections to Dr Jansen's statements, why is there so little opposition to what he says?
A lo que uno de sus entrevistados, el profesor Martin van Bruinessen, responde que:
Most Arabists are just too busy with their own research and with writing scientific papers. Dr Jansen, who for several years now has only written populist pieces, is never actually taken seriously by his peers. "They have failed to realise for too long now that the media do take him seriously."
Vayan, vayan Vds. apostando quién va a ser nuestro Wilders, quién nuestro Jansen y cuál la (o-)posición del gremio.

Contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *