4 de diciembre de 2011

Dilo tú y sucederate lo mismo

En un cruce de mensajes electrónicos, hace unos días, el profesor Federico Corriente me daba a conocer, cosa que le agradezco, esta burla de Quevedo, que forma parte de una serie de consejos reunidos bajo una primera y sencilla recomendación:
Si quieres saber todas las lenguas, háblalas entre los que no las entienden; y está probado. [...]

La arábiga no es menester más que ladrar, que es lengua de perros, y te entenderán al punto.
---Francisco de Quevedo, "Libro de todas las cosas y otras muchas más", Obras de don Francisco de Quevedo, Amberes, 1699, p. 464.

Eran otros tiempos, pero casi un siglo antes (Quevedo publica esta obra jocosa en 1631) decir que se sabía árabe, al menos en grado suficiente como para enseñarlo en una universidad, todavía requería una demostración práctica:
AUSA, 13, p. 473-4
E abrieron por una parte en el dicho libro, e le cupo por suerte según allí se dijo el evangelio de San Juan en el capítulo segundo, en el cual libro para ver si era así el dicho señor rector puso una rúbrica; e Alonso Méndez e Bartolomé Gasco consiliarios pusieron ciertas señales en él, porque el dicho evangelio de San Juan era escrito en arábigo e le mandaron al dicho comendador lo tradujese en latín. E una carta en romance para que la tradujese en arábigo. E le dieron hoy domingo en todo el día estando encerrado en el claustro de arriba. E lo que ansí dio los dichos señores rector e consiliarios lo enviaron a la ciudad de Granada por el bachiller Alonso Méndez, consiliario, para que lo trajese interpretado de personas doctas para ver si era persona bastante para leer dicha cátedra. [...]

Este dicho día, mes y año [6 de mayo 1543] los dichos señores rector e consiliarios dieron todo su poder cumplido bastante según que en tal caso se requiere como rector e consiliarios del dicho Estudio al dicho Alonso Méndez, consiliario que presente estaba especial y expresamente para ir a la ciudad de Granada con unos pareceres que dio el comendador de la Vera Cruz a se informar de los arábigos e intérpretes de la lengua arábiga e ante ellos e ante cualquier de ellos pueda presentar una fe firmada de mí el infraescrito notario y sellada con el sello de la dicha Universidad; la cual dicha fe ante ellos e cualquier de ellos la pueda abrir para que los tales arábigo o arábigos o intérprete o intérpretes de la lengua latina en arábiga vean si el capítulo segundo del evangelio de San Juan contenido en la dicha fe e involtorio cerrado y sellado con el dicho sello si está bien interpretado de latín en arábigo; e para que se informe de ellos si será la tal persona bastante para lo enseñar la que lo interpretó públicamente la dicha lengua arábiga en las escuelas según por el dicho capítulo colegieren. E ansí mismo un pedazo de carta que dentro va de romance vuelta en arábigo.
---Vicente Beltrán de Heredia, Cartulario de la Universidad de Salamanca (1218-1600), Salamanca, 1972, II, 597-598.

Demostración que podía consistir incluso en un careo entre los opositores, como se desprende de esta acta de claustro del 27 de noviembre de 1511:
AUSA, 5, p. 778
El señor maestro fray Alonso de Valdivieso, eso mismo diputado, dijo que él no sabe lenguas hebraica y caldea ni griega ni arábigo [...]. Y cerca del Comendador, que bien puede él saber las lenguas que se dice saber, pero que en ninguna de ellas habla, y de lo que el dicho señor maestro no ve, no puede juzgar. Y que él, no perjudicando a nadie, dice que Alonso de Zamora ha dado noticia y conocimiento de su verdad, y el señor Comendador bien puede saber todo eso, pero no lo ha mostrado. Y porque él no le haga injusticia al señor Comendador, suplica y requiere al señor rector mande que se junten los señores diputados y el señor Comendador y Alonso de Zamora, y allí se hablen y delante todo el claustro, porque aquellos señores vean lo que deban hacer.
---Miscelánea Beltrán de Heredia, Salamanca, 1972, I, p. 456.

Si bien la escasez de expertos, que al ser la cátedra trilingüe habían de probarse tanto en árabe como en hebreo y siriaco, daría lugar probablemente a más de un caso como el de José Fajardo, p. ej., que al ser consultado en 1588 sobre el célebre pergamino de la Torre Turpiana, "se excusó por no tener suficientes conocimientos de árabe", pese a haber leído "una lección de arábigo" (es decir, haber sido profesor de este idioma) en Salamanca entre 1569 y 1579. Parece evidente que catedráticos como Diego de Urrea, que lo fue en Alcalá de Henares, no debía haber muchos.

Poco a poco, con el paso de los años, el árabe no haría falta ya ni ladrarlo, como sucedía en opinión de Quevedo con el griego o el hebreo, en cuyo caso, "como todos los que lo saben lo saben sobre su palabra, por sólo que ellos dicen que lo saben: dilo tú", concluye, "y sucederate lo mismo". Y así hasta hoy.

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