20 de febrero de 2011

La verdad razonable

Las cofradías sufíes en Marruecos
El jueves pasado asistí a una charla que, bajo el título "Islam y tradición sufí" y en el marco de unas "Jornadas árabes" (¿o sobre el islam?) organizadas por la Delegación de Alumnos de Letras, daba en mi facultad un tal don Antonio Said.

No diré que no sabía a qué iba, prevenido además de que en ciertos eruditos del sufismo (التصوف) lo émico, por decirlo así, invade lo ético, y lo estudiado al estudioso. Sobre esta tendencia a limitarse al análisis de los textos y a perder de vista la función del sufismo "as a sociopolitical movement intimately tied to other aspects of society" (p. 268), y en general  para una aproximación antropológica al sufismo, véase "The Sufi Tradition" en Dale F. Eickelman, The Middle East and Central Asia: An Anthropological Approach, 2002, p. 265-277.

Para empezar, el nombre del conferenciante, a poco que se investigue, resultaba no ser el anunciado, Antonio Said, sino Antonio Sáiz Dotor, aunque en su rincón y en sus publicaciones se (le) presente (y represente) como Hayy Sidi Sa'îd ben Aÿiba al Andalusí: algo llamativo, ya de entrada, en alguien que insiste, por si hubiera duda al respecto, en que no es imprescindible saber árabe, ni serlo ni parecerlo para ser musulmán; y ni siquiera (paradójicamente a mi modo de ver, viniendo de él) tener el aspecto de los "barbudos eruditos de grave continente", a los que se refiere en un sermón  (خطبة) echado en 2007.

Como llamativo, aunque presumible a tenor de lo anterior, resulta descubrir en quien ha estudiado ciencias islámicas en Egipto a un arabista pésimo: peor, como decía Julián Ribera de los moriscos aragoneses, "que [...] los más malos arabistas actuales", que ya es decir. "Como se verá", advertía en aquel mismo sermón, "cada vez utilizo menos expresiones en árabe, reservo el árabe para la oración comunitaria, y aún esto por pura cortesía, que no por convicción dogmática".

O como llamativo resulta, en un teólogo formado en la U. de Deusto y que además habla latín, el descuido (que lo es) de identificar la frase "Veritas liberabit vos", literalmente, con "un proverbio latino", y no con la traducción al latín de parte de Juan 8:32 ("η αληθεια ελευθερωσει υμας").

Superada la sorpresa, no es de extrañar que al "hayy" (حاج) de su alias le falte el artículo o, más aún, que para Sáiz el nombre del Profeta (محمد ﷺ) signifique "el fiel" o "el consolador"; que إسلام venga de السلام  (como defiende, p. ej., en este Curso del Islam, que recoge buena parte de lo dicho en la charla) o que la palabra Dios en árabe (الله ﷻ) no sea ni masculino ni femenino, ni singular ni plural.

Pero es que, dejando de lado la cuestión lingüística, llama poderosamente la atención que alguien tan contrario a la idea de un poder hereditario en el islam (refiriéndose, p. ej., a la monarquía marroquí) se reclame heredero, en cambio, de un "linaje espiritual" como éste (donde sin duda ocupa el lugar de madrileño de honor, pese a su "ascendencia andalusí"); o mezcle las restricciones a la poligamia del actual código de familia de Marruecos (concretamente la conformidad previa de la última esposa), con la prevista en el Corán, quién sabe si por un exceso de confianza en la Wikipédia, y descartada de antemano cualquier sintonía posible con la legislación del país vecino, a la luz de la opinión que parecen merecerle, muy significativamente, "los pueblos considerados musulmanes" (Curso del Islam, p. 44-5):
El estado de pobreza e ignorancia popular en el que se encuentran algunos de estos países, hacen creer al visitante que "así es el Islam". A este hecho hay que sumarle el ejemplo desafortunado de algunos emigrantes, generalmente gentes de estratos sociales bajos, obligados a desarraigarse, y con poca cultura y muy escaso conocimiento de su propia religión.
Países, añade Sáiz, "que han perdido el sentido original del Califato y de la Umma", a diferencia (sospechosamente, me da que pensar) de un Occidente "ya liberado del fanatismo medieval religioso y con una conciencia más desarrollada entre la población", dispuesto, ahora que "el Islam ha dejado de ser algo propio del Oriente, o de los países arabo-musulmanes", a tomar el relevo. Aunque esto, apostilla, "no siempre sea entendido y recibido en su verdadera naturaleza, ya que ser musulmán", insiste, "no implica arabizarse" (p. 45). ¿Es sólo impresión mía o Sáiz parece aspirar a un islam sin musulmanes nativos, donde reinar en solitario? No todos los que dicen ser musulmanes, afirmaba al comienzo de su charla, lo son (cf., a propósito, los tres puntos del llamado Mensaje de Ammán).

Cadena de transmisión de la cofradía xadilía darqawía (الطريقة الشاذلية الدرقاوية)
Tampoco la historia, que en la interpretación de Sáiz converge una y otra vez en la escasa relevancia del árabe como lengua, y de los árabes como pueblo, parece su fuerte. De ahí, entiendo, que presente a Yça de Segovia como un defensor malikí de la enseñanza del islam en castellano, sin más, fuera de contexto, o a Napoleón como piedra de toque, "sans évoquer", podríamos repetir con Faruk Bilici, "les méthodes idéologiques controversées qu’il a utilisées au cours de son séjour en Égypte pour se faire passer parfois pour un grand sultan musulman protégé par le Prophète". De ahí también que incida en que tal personaje de la cofradía xadilí (الطريقة الشاذلية) "era alto, rubio y de ojos azules, como también lo eran sus maestros" y "tantos otros andalusíes de la época", que "eran de origen nórdico ¡no árabe!, como lo eran tantos otros andalusíes", al igual que otros maestros eran "norte africanos (sic) de las montañas del Rif, no árabes", como el suyo propio (Curso del Islam, p. 33). Y podría seguir: el jueves, durante la charla, hacía coincidir en Orán a Ramón Llull (¿o era fray Luis de León?) con Saladino (صلاح الدين الأيوبي), muerto cuarenta años antes de su nacimiento y sin haber pisado el Magreb; y afirmaba taxativamente que san Juan de la Cruz fue discípulo de la Mora de Úbeda en Granada, aun cuando, "aunque hubiesen coincidido", repone Luce López-Baralt, "parecería que San Juan pudo haber aprendido poco" de ella, ya que los conocimientos de los moriscos "en materia de misticismo islámico [...] parecen haber sido casi nulos". Algo curioso, cuando menos, en alguien que, con todas las reservas necesarias, dice arrimar ("empujar" en su expresión) un pilar más a los cinco ya conocidos en el islam, la búsqueda de la sabiduría, a la que invita en esta cita de su obra A la búsqueda del manantial (Madrid, 2008, p. 14):
Cualquier otra persona inquieta, aún sin ser un erudito, puede averiguar si se lo propone y sin grandes esfuerzos, dónde se encuentra la verdad razonable y por lo tanto probable y dónde se encuentra el fraude evidente.
Siguiendo la enseñanza del maestro, y aunque en realidad lo que él está animando a cuestionar es el "dichoso 711" (a lo Olagüe, cómo no), me ha dado por preguntarme cuánto de razonable, cuánto de probable y cuánto de fraude puede haber en él y en su zagüía, pero he de confesar que he cejado pronto en el empeño: un artículo bastante sensacionalista, publicado en ABC en 1971, y otro aparecido en El País en 1978, relacionado estrechamente con el anterior, dan cuenta de "las opciones que la segunda mitad del siglo pasado", según la tarjama (ترجمة) del maestro Sidi Said, "ofrecía a los jóvenes buscadores". Un tercero, publicado en La Nueva España en 2001, presenta a Sáiz en su faceta de arqueólogo aficionado y descubridor de "la primera muestra epigráfica árabe de que se tiene noticia en Asturias", en las proximidades de una comunidad terapéutica de su fundación. Y completa el cuadro el simposio que el Instituto Egipcio de Estudios Islámicos de Madrid le dedica el 16 de mayo de 2009, en su calidad de sufí islámico («متصوف إسلامي»).

No cabe duda, y de ahí quizá este caveat lector a propósito de las "personas con una disposición patológica a la crítica destructiva" (entre las que de seguro debo ya contarme), de que Sáiz es plenamente consciente (si no tiene ya experiencia directa) de las suspicacias que su magisterio despierta; como no la habrá para nadie medianamente sensato de que, con su presencia en la universidad, el maestro obtiene un notable espaldarazo que, a la postre, se incorporará a esa "documentación escrita, fotográfica y de vídeo" que conserva la "Tárika" (sic pássim; ¿acentuado como طارقة —'calamidad, desastre'—?) para confirmar "la veracidad de lo dicho si fuera necesario". De ahí también, supongo, la presencia de una cámara en el acto.

Con todo, líbreme Dios de poner en entredicho la (buena) fe del Sr. Sáiz. Si él se declara musulmán, para mí lo es (cf. Corán, 4:94), y a partir de ahí, que sea verdaderamente o no el resto de lo que dice ser es cuestión que, ante todo, atañe a quienes siguen sus "enseñanzas". Sí le recomendaría amistosamente que, en estos tiempos de بلطجة que corren, por una parte, y de suspicacia por otra, se abstenga de utilizar en público (y menos aún en 1ª persona del plural como hizo durante la charla, aludiendo, imagino, a sus prosélitos) la expresión "meter mano" referida a una profesora anónima que, en el transcurso de una conferencia, disentía de su visión del islam (y de la mía, probablemente). Aun en su 4ª acepción, sonó un tanto gansteril, y en cualquier caso muy poco elegante.

Si hay algo que me preocupa y me incumbe de todo este asunto es precisamente qué tratamiento se le está dando al islam, y concretamente al que se practica en la región, desde la Universidad de Murcia. Antonio Said es fundador, según comentó el presentador de la sesión, del Centro de Estudios Interculturales Al-Riquti, creado recientemente por al Ayuntamiento de Ricote y que, según se dijo en el acto, va a contar con el respaldo (económico, entre otros) de nuestra universidad, de la mano de los doctores Pablo Beneito y Pilar Garrido, profesores ambos de la misma y directora académica, la segunda, de las jornadas en cuestión, cuyo criterio, como es obvio y patente, ni entiendo ni comparto.

El propio maestro, en su mencionado Curso del Islam, deja bien a las claras que la docencia universitaria y la del sufismo son esferas distintas (p. 32):
Ser un experto en ciencias religiosas confiere la cualidad académica del profesorado, el título universitario, pero no necesariamente el del magisterio en la mística.
Aunque no llega a indicar si el mismo argumento a la inversa es igualmente válido.

Según el Estudio demográfico de la población musulmana 2010 que ha presentado recientemente la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE), sólo un 30% de los musulmanes residentes en España tiene la nacionalidad española, mientras que el 70% es inmigrante (y de éste, un 50% marroquí). De ese 30% que el estudio denomina "hispanomusulmanes", apenas un 1,3% (o hasta un 2,98% según otro estudio similar de 2008, por lo que estos porcentajes y otros anteriores hay que manejarlos con suma cautela) lo constituirían musulmanes nuevos, es decir, ni ceptíes (sic), ni melillenses ni nacionalizados, sino aquellos ciudadanos españoles naturales que (p. 1):
Desde finales de los años 60 [...] comienzan a buscar entre diversas convicciones su realización personal, produciéndose así un cierto goteo de personas que abrazan el Islam, a quienes, con corrección teológica y semántica, llamamos revertidos ya que simplemente recuperan su religión natural original.
En la Región de Murcia residen, de nuevo según la UCIDE, algo más de 80.000 musulmanes, entre los cuales se cuentan menos de 2.000 españoles. ¿Puede alguien pensar que el señor Sáiz representa a un porcentaje significativo de ellos? Y si no lo hace, y por lo demás difícilmente puede pasar por un experto en la materia, salvo a ojos de crédulos, interesados o profanos, ¿cuál es la razón de darle cabida en unas jornadas universitarias? Sólo se me ocurre que pudiera tratarse de ofrecer, en vivo, en directo y sin avisar, un ejemplo de la particular (aunque cada vez más adocenada) manera que tienen algunos compatriotas de desmusulmanizar el islam, de colonizarlo en definitiva, y que tanto recuerda, sospechosamente, a la estrategia de hispanización operada por el nacionalarabismo patrio desde el siglo XIX.

2 comentarios :

Abu Ilyás dijo...

En los últimos días he recibido un par de comentarios acerca del protagonista de esta entrada, el primero de ellos del autor de El blog del profesor Rahmanicus, donde ya he expresado mis reservas hacia el anonimato y el empleo de seudónimos, tanto en general como en este caso particular, y a la imposibilidad, por mi parte, de contrastar ciertas informaciones, motivo por el cual no puedo darles cabida en este espacio.

Agradezco el interés, recordando que este blog lo mantengo a título personal, no como parte de mi labor docente, y animando a quienes discrepan a hacerlo con firmeza, como yo intento, pero de la manera más respetuosa posible.

Abu Ilyás dijo...

"Después de años de silencio" (y casi uno después de su publicación).

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