11 de mayo de 2012

Una traición menor

Hace unos días, Salvador Peña Martín publicaba "Principios y realidades" en El Trujamán: una reflexión sobre la traducción al español de El séptimo cielo, una colección de relatos de Naguib Mahfuz (نجيب محفوظ), a partir del inglés, y no de su lengua original, el árabe. "Trato de imaginarme", dice Peña, "las reacciones de algunos ante una versión del árabe al castellano a través del inglés", y prosigue:
Casi creo oír las críticas, basadas en principios inamovibles, que sustentaría digamos que algún profesor de un máster en traducción. Luego me pregunto a mí mismo, a bocajarro, qué me parece ver a mi admirado Mahfuz traducido, no desde el árabe, sino desde el inglés. Y vuelvo a pensar que me parece de perlas.
Peña está aún en la librería, "ya en la cola, para pagar", y no cabe imaginar que haya podido comprobar aún la calidad de la traducción de Mariano Antolín. Tampoco yo lo he hecho, he de admitir, pero es obvio que Antolín no traduce los cuentos de Mahfuz, sino la traducción de Raymond Stock, publicada en 2005 por la Universidad Americana de El Cairo con el título The Seventh Heaven. Stories of the Supernatural, que es en realidad una recopilación de traducciones previas y otras ad hoc, entre éstas la del relato que le da título. Incapaz de juzgar aquí cuánto de Mahfuz, cuánto de Stock y cuánto de Antolín hay en el resultado, me pregunto sólo qué efecto provocaría abrir una traducción cualquiera de "Burroughs, Faulkner, Kerouac o Carver" (vertidos al español por Antolín) y leer en la contraportada: "Traducido del árabe" (es decir, traducido no del original en inglés, sino a partir de una traducción anterior de éste al árabe).

Lo cierto es que estamos tan habituados a este tipo de traducción con "escalas" que al público en general suelen parecerle aceptables, cuando no "de perlas", como dice Peña. Sin embargo, es un hecho impepinable que en esta combinación de procedencias, escalas y destinos, no todos los trayectos son admisibles: árabe > inglés > español lo es, pero inglés > árabe > español resultaría cuando menos insólito. Se dirá tal vez que, siendo el inglés y el español lenguas cercanas, no tendría sentido ir de una a otra dando un rodeo por el árabe, pero con el mismo criterio podría decirse que, siendo el árabe y el español lenguas lejanas, no tiene sentido prolongar aún más el trayecto pasando por el inglés, aparte de que una mayor distancia lingüística no implica necesariamente una mayor distancia cultural. Así, por ejemplo, de ser mínimamente fiables, las national cultural dimensions de Geert Hofstede indicarían que Egipto y el resto de países árabes en general se parecen más a España que, p. ej., a EE. UU.:

Con todo, no hay necesidad de recurrir a medidas de afinidad cultural para intuir que son cuestiones de poder, y no de traductibilidad, las que determinan en primer lugar el trazado de las escalas y que haya trayectos posibles, improbables (del tipo árabe > español > inglés) e impensables. Es la glotofagia llevada a la traducción: lenguas cuyas traducciones valen por los originales (cuando no los superan o mejoran, como se ha dicho a menudo, p. ej., de las de García Gómez), frente a otras que sólo parecen cobrar sentido cuando se traducen a las primeras, cosa que llegan a asumir sus propios hablantes. Dice, por ejemplo, Malek Chebel (مالك شبيل), antropólogo argelino, refiriéndose a El collar de la paloma (طوق الحمامة) de Ibn Hazm (ابن حزم) que su título árabe:
Estaría mejor traducido como Del amor y los amantes. A decir verdad, las traducciones son superiores al original, de manera que el lector del Tawq al-hamama obtiene más placer si lo descubre en francés o en inglés que en árabe. 
---Malek Chebel, Diccionario del amante del Islam, Paidós, 2005, p. 197.

Superioridad que no es posible saber si se extiende también a las traducciones al italiano, español, holandés, alemán, ruso, serbocroata o polaco.

"En un mundo ideal", dice Peña en su artículo, "en el de los principios, esta versión tal vez no habría sido necesaria", dando a entender que en el real, por el contrario, sí lo es, aun cuando no cabe duda de que Alianza Editorial (con permiso de la Universidad Americana de El Cairo, que posee, como recuerda Peña, todos los derechos de traducción sobre la obra de Mahfuz) podía haberse procurado una versión directa, como la de El Cairo Nuevo (القاهرة الجديدة), de Marcelino Villegas, y Jan Aljalili (خان الخليلي), de Belén Campo. Que "el mero traducir sin escalas, directamente del original" no garantice, como aduce el autor del artículo, "siempre ni la calidad ni la fidelidad", no parece tampoco un argumento de mucho peso: a más escalas, diría yo, más oportunidades tiene el avión de estrellarse, aunque en realidad no son las rutas y las distancias, sino más bien los fallos técnicos y humanos, los que suelen provocar las mayores catástrofes, tanto en la navegación lingüística como en la aérea. En su estudio sobre La traducción literaria del árabe al español. Teoría y práctica (Madrid, 2001), Aly Tawfik Mohamed-Essawy (علي توفيق محمد عيسوي) concluye (p. 248; 252) que:
A juzgar por la cantidad de errores de traducción como consecuencia de una comprensión deficiente del TO [texto original], podemos decir que en el caso del traductor que nos ocupa estas condiciones no se han dado en los niveles óptimos en lo que se refiere a las competencias lingüísticas y culturales. Tal vez se puede buscar, sólo en parte, el origen de estas carencias en el propio sistema de enseñanza de la lengua árabe aquí en España que, hasta hace escasos años, ha estado orientado —casi de forma exclusiva— hacia manifestaciones clásicas de la lengua y cultura árabes y, en especial, al estudio de la lengua andalusí. Esto, obviamente, ha ido en detrimento de otras parcelas y manifestaciones más modernas del arabismo como pueden ser la lengua árabe moderna, las variedades dialectales [...].
El defecto más grave que ha causado la ausencia de una verificación adecuada se halla en las diversas pérdidas y mutilaciones que sufre el mensaje del TO, como consecuencia de no haberse traducido partes del texto árabe, bien por descuidos metodológicos o bien por omisión deliberada.
En este sentido, el propio Peña (en Diccionario histórico de la traducción en España, ed. F. Lafarga y L. Pegenaute, 2009, s.v. "Mahfuz, Naguib") señala que "las rápidas traducciones y los móviles comerciales" [a raíz de la concesión del Nobel al escritor egipcio] "explican irregularidades en ciertas versiones —no siempre realizadas desde el árabe, se declare así o no—", observándose, o así me lo parece a mí, cierta relación entre calidad y lengua de partida. "Advertir si el traductor se ha servido de versiones anteriores a otras lenguas" es de hecho el tercer principio deontológico mínimo de los cinco apuntados por Peña, M. Feria y J.P. Arias en "¿Perro no come perro? Sobre la necesidad de un análisis de traducciones del árabe al español" (El papel del traductor, Salamanca, 1997, p. 143-148). "Y más aún", añaden, "en el supuesto, en ocasiones usual, de una «traducción intermediada», es decir, aquella que se sirve en mayor medida de una o varias versiones a otras lenguas que del texto original árabe"; versiones en lenguas, huelga decir, que suelen coincidir con las que sirven habitualmente de escala, principalmente francés e inglés, pese a que el español y el alemán superan al segundo en traducciones de literatura árabe si hemos de guiarnos por el célebre Index Translationum de la UNESCO, cuya base de datos incorpora, por cierto, 100 ediciones de Mahfuz en español, frente a las 62 del francés y el alemán, y las 61 del inglés (aunque bien es verdad que los datos del Reino Unido para 1990-2000, 2009 y 2010 están siendo procesados aún). Son fuentes, con todo, que hay que manejar con prudencia: véase, p. ej., el análisis de Ovidi Carbonell, según el cual en 1994 un 60% de la literatura árabe contemporánea traducida en España correspondía, de acuerdo con el Index, a obras del ubicuo Gibran Jalil Gibran (جبران خليل جبران), de las cuales sólo una mínima parte se ha traducido realmente del árabe, mientras que el porcentaje desciende al 21% si se considera el catálogo del ISBN de ese mismo año.

Pero poco importa, de cualquier modo, que Mahfuz se haya traducido al español más o menos que a otras lenguas. Para Peña lo que justifica traducirlo del inglés es, ante todo y por extraño que parezca, que del árabe, hasta ahora, se ha traducido mal:
Para acabar, una sugerencia a nuestras editoriales. Si hemos sacado las conclusiones adecuadas de los tres pasajes mahfuzianos traducidos, y, sobre todo, si podemos generalizar y decir que esas faltas de fidelidad son usuales en las versiones castellanas de Mahfuz, y, dado que hemos comprobado que las versiones inglesas de Johnson-Davies sí que se atienen al original, ¿por qué no comenzamos a retraducir a Mahfuz del inglés?

¿No supondría eso una traición menor que la de alterar sin motivo el alcance del mensaje original?
---Salvador Peña Martín, "El maestro traicionado: interpretación mínima como propuesta ética", La traducción de literatura árabe contemporánea: antes y después de Naguib Mahfuz, U. Castilla La Mancha, 2000, p. 147.

Mi respuesta sería no. En el mismo relato El séptimo cielo (السماء السابعة), donde Mahfuz dice «ومن رجله اليوم؟» (literalmente "¿Y quién es su hombre hoy?"), Stock traduce "Who is his man now?", pero Antolín opta por "¿Y a quién guía ahora?". Sirva como ejemplo, aunque algo traído por los pelos, de que la fidelidad al original del primer traductor no tiene por qué heredarla el segundo, que en este sentido puede llegar a ser doblemente infiel.

Cabe preguntarse, y servidor lo hace, si lo que necesitamos, en lugar de traducir a Johnson-Davies, no será más bien un Johnson-Davies que traduzca al español: ese mismo "gran traductor" que anhela Peña en su artículo y que podría no ser "narrador de mérito él mismo", como no lo es el britano-canadiense, cuya trayectoria y producción, merece la pena subrayar, tampoco ha sido la de cualquier traductor del árabe al inglés. Las editoriales entretanto, tanto si se deciden por el árabe como por "una traición menor", harían bien en consultar previamente con especialistas en la materia, que alguno hay, como Salvador Peña.

2 de mayo de 2012

Falta de crédito

El pasado 25 de abril, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) hizo pública una resolución por la que, "debido a la falta de crédito suficiente", se deja sin efecto la convocatoria de más de un centenar y medio de lectorados para el curso 2012-2013, "lo que representa", dice El País, "la mayoría de puestos del programa (211)" y, en cualquier caso, todos los que había en países árabes, veinticinco en total: Argelia (4), Egipto (4), Jordania (3), Líbano (1), Marruecos (5), Mauritania (2), Palestina (3) y Túnez (3). En cambio se mantienen los de países desarrollados o emergentes como Australia, Brasil, Canadá, China, EE.UU., e India.

En 1997, gobernando el Partido Popular, era yo lector en Túnez, y aún recuerdo cómo me sorprendió que de la convocatoria del 96 a la de aquel año la cuantía mensual de la beca ("la ayuda" según el BOE) aumentara en un 60%, como por arte de birlibirloque, pasando de 125.000 a 200.000 pesetas. Seguían pagándonos por trimestre vencido, eso sí, pero nos pagaban más al fin y al cabo. Recuerdo también la visita de Aznar a Túnez, casi un año después, y la recepción que se organizó en la residencia del embajador en Gammarth (قمرت). Eran tiempos felices... Aznar había quitado la mili y no era aún el de las Azores (aunque su gobierno ya apuntaba maneras). A punto de estrecharle la mano durante la ronda de saludos en el jardín, yo bromeaba con otra becaria que tenía a mi izquierda, barcelonesa para más señas, susurrándole que se dirigiera a él en catalán, a propósito de aquello que había dicho años antes en TV3: que lo hablaba "en círculos reducidos, no muy amplios", como el corro que formábamos... "Becarios", le comentó el embajador al aproximarse, y cuando nos saludó y se enteró por ella (encara que en castellà finalment) de que varios estábamos allí compaginando el estudio del árabe con la enseñanza del español, dijo: "Ah, eso es muy importante", o algo parecido, y continuó con la ronda.

No sabría precisar, más allá de lo obvio, de qué modo va a afectar este nuevo recorte a la enseñanza y difusión del español, y a la propia imagen de España en estos países. Son las universidades y los departamentos afectados, los propios lectores y sus colegas, quienes mejor podrán decirlo. Para mí personalmente ser lector era la fórmula ideal para continuar aprendiendo (y en muchos aspectos comenzar a hacerlo) una vez terminada la carrera. Lo fui en Túnez durante tres cursos, y uno solo en Teherán por cancelación de la plaza, tras lo cual aún quise serlo en Bagdad.

Pese a lo que alguien comentaba en El País, dudo que para ser lector jamás haya sido "imprescindible hablar árabe (y hablarlo de verdad)". No lo era en 1996, cuando bastaba con "ser licenciado en Filología" y "acreditar conocimientos de árabe, además de inglés o francés, según el país de destino", de manera que los lectorados estaban al alcance de cualquier titulado en Filología árabe (de hecho en más de una convocatoria, como en la del curso 1998/99, era requisito serlo), incluso de los menos brillantes; y tampoco parece que lo haya sido después, a juzgar por las distintas convocatorias publicadas en el BOE ("conocimientos del idioma oficial del país solicitado, o de otro habitualmente aceptado en él como de comunicación universitaria", requería la última y anteriores). De lo que no cabe duda, salvo que uno comparta la opinión del ministro Wert sobre lo que él denomina "aventuras de turismo lingüístico", es de que los lectorados eran hasta ahora la mejor oportunidad de ampliar esos imprecisos conocimientos, a la vez que se adquiría experiencia en otros terrenos, sobre todo en el de la enseñanza del español como lengua extranjera (ELE), pero también en el de la cooperación internacional, la gestión cultural, etc., como venía sucediendo ya desde los años 50 del siglo pasado:
La figura del lector de español fue una pieza central en dicha política que no se hubiese podido llevar a cabo sin la participación de jóvenes recién licenciados que actuaron como motores de la política cultural española. Estos jóvenes, sin experiencia previa en muchos casos, tuvieron que hacer frente, no solo a la docencia del español en los centros culturales y en las universidades, sino que, además, tuvieron que desarrollar un plan de trabajo de difusión cultural a través de conferencias, exposiciones, celebración de festivales, etc. La labor desarrollada por los lectores, con escasos recursos a su disposición, supuso la puesta en contacto con una sociedad que ha contribuido a la formación de una comunidad intelectual española de consolidados arabistas.
---Irene González González, "Los centros culturales en el mundo árabe: actores de la política exterior española (1954-1967)", Ayeres en discusión. Temas clave de Historia Contemporánea hoy. IX Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, Murcia, 17, 18 y 19 de septiembre de 2008, Facultad de Letras, Universidad de Murcia, p. 17.

González menciona a José Vázquez Ruiz, Julio Cortés, Primitivo Martínez Mateo, Pedro Martínez Montávez, Joaquín Vallvé, Federico Corriente, Rodolfo Gil Grimau y Julio Samsó, pero han sido muchos más los que antes o después, de un modo u otro, han tomado parte en la misma tarea. Paradójicamente serán las últimas convocatorias, de 2009 a esta parte, las primeras en reconocer como uno de los objetivos y finalidades de la subvención el de "contribuir a la formación de futuros especialistas españoles en las distintas lenguas extranjeras y a profesionales de la enseñanza del español como lengua extranjera".

Que hemos ido hacia atrás, sin embargo, parece evidente si se considera que esta suspensión sobreviene tras la desaparición en febrero de siete lectorados (sin contar los seis de Siria, cancelados por razones obvias) con respecto a la convocatoria de 2011, y tras la desaparición también de las becas MAEC-AECID del programa I-A, que permitían a licenciados y doctores españoles realizar estudios en universidades y centros árabes (ya en 2001, por cierto, otro gobierno del PP hizo algo similar); e igualmente si se atiende al hecho de que muchos centros del Instituto Cervantes en países árabes llevan años valiéndose oficiosamente de becarios españoles de paso para cubrir sus necesidades de profesorado, cuando podría hacerse de la necesidad virtud oficialmente, en forma de becas, convenios de prácticas con universidades, etc. Y qué decir del proyecto aquel de "formación de arabistas españoles" que contemplaba el Plan Nacional del Reino de España para la Alianza de Civilizaciones, aprobado en 2008, y que no pasó de ser letra muerta.

Como profesor de Lengua C en Traducción e Interpretación, raro ha sido el año que no le he recomendado a más de un alumno, interesado en continuar estudiando árabe, que solicite un lectorado. A los de esta promoción tendré que decirles que crucen los dedos y confíen en que las convocatorias se reanuden en 2013; o que actúen, si lo creen oportuno, para que la falta de crédito (si es que el problema es ése) se palíe con mejor criterio y repercuta antes en gastos mucho más (s)untuosos.